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Alvaro

Solo Contando

 
Hoy el viento inclina las ramas de los arboles.
Las mece como si fuesen algas.
Brama y transforma el ambiente en algo casi submarino.
la luz parece filtrada en agua salada y acaricia con dedos liquidos las primeras flores.
Los perros de la vecindad se recojen, se abrazan en una bola de pelo y ojos entrecerrados.
Los pajaros estan en huelga.
Con todo el anhelo romantico de sentir en la naturaleza un espejo de mi alma, puede que solo con un temperamento atmosferico, camino unos pasos para que me abrace el aire.
¿Pues que le queda al poeta sino buscar donde otros pasan de largo?
 
 
 

Estado de transto - Makassar

 Makassar endulza el transito del guia con caricias de niña sabia. Con la clase de mil generaciones abiertas al mar y conscientes de si mismas.
En atardeceres que miman las calles, que confortan al bechat* protejiendolo de la desesperacion. Porque esta ciudad extrema esta bendecida con la falta de ansiedad y con la fe en la vida.
Se siente en las risas de patio, en el caos armonisoso del trafico, en el ritmo vital de sus habitantes.
Peligrosa ciudad maquillada de camino. Infierno del paseante, tentacion sedentaria.
Sabia ramera amable y de buena salud, recien despertada a cada nuevo dia y que estalla en carcajadas al ver nuestro desconcierto inocente de viejo joven.
Una cuchillada triste se agazapa quizas en la cancion que sale de un portal; un empujon sorpresa hacia donde no suponiamos ir esta en la sonrisa de un niño.
En el brillo de los ojos de una muchacha cualquiera ofrece Makassar misterios de siglos pasados y futuros.
Aqui se templan las pasiones sin perder nada de su profundidad.
Tocada de lo asiatico, de lo polinesio y sobre todo de lo portuario, esta Tanger casada con Guayakil tiene los ojos rasgados y la piel suave de la cabeza a los pies.
El dia pasa como un tramite para esas noches, la noche es madre de sus atardeceres.
Embriagadas en ella, borrachas de una especie de Makasaridad, las almas pululan.
Discreta concubina, la ciudad nos ofrece la mano timidamente bajo la mesa mientras un destello carnivoro de perpetuacion de la vida refleja las bombillas en sus pupilas.
*Bechat : ciclista taxi
 

Estado de Transito - Tsunami Roll Blues

 

 

La carretera serpentea entre junglas que  escaparon a la deforestación organizada por el gobierno. Conduces despacio a través de la fina línea de asfalto envuelta en bosque primario. Para un campesino talar y recoger leña de estos árboles puede suponer un año de cárcel. A pesar de todo se distinguen entre la maleza troncos apilados esperando ser recogidos furtivamente al anochecer.

 

Ella casi duerme a tu lado, apoyada en la ventanilla del coche. Con los ojos cerrados acorta las distancias que su cara asiática establece siempre entre tu mirada y la suya. Apagas el cigarro, te frotas los ojos. De pronto te gustaría  tener prisa, un plazo  que cumplir, una fecha y un destino de llegada. Te los inventas.

 

 

El mar se anuncia sutil, muestra señales dulces y saladas que podemos distinguir a kilómetros de distancia. La última sierra termina con un descenso lleno de olores y luces marinas, de rostros ya marcados por el salitre, de redes secando en los patios y de mujeres que miran al cielo adivinando el tiempo de mañana.

Arriba, entre perfiles de jungla, el cielo dibuja nubes llevadas en vientos de océano, deslizándose por encima de las olas que buscamos.

 

Entramos en Lamainang al mediodía. En el mercado chicas vestidas de azul y escarlata discuten acaloradamente regateando sobre los precios de frutos silvestres y diversas clases de murciélagos. Los niños corren por la calle arriba y abajo, riendo y jugando con cometas; un anciano delgado, con los pantalones remangados, lanza la red circular en un estanque.

 

Anima aquí la vida de todos un río claro de montaña que desemboca en los manglares de la playa cerca del puerto de pescadores y que atrae a la gente que sale a dar un paseo sin nada que hacer. Se paran un momento en el puente a contemplar el agua, como le gusta hacer a la gente en todas partes, y luego siguen su camino claramente confortados. Seguimos su ejemplo.

Debajo se alinean barcos multicolores con formas estilizadas, largos y afilados, mientras sus dueños hacen pequeños arreglos innecesarios, juegan a las cartas mecidos por la suave corriente o charlan con los amigos. Una mujer lleva su pato cogido debajo del brazo en su excursión diaria por las orillas del río.

 

A la derecha, bordeando las casas de madera en las que la gente disfruta de un te sosegado bajo la sombra de los porches, el camino de tierra nos lleva a la playa exterior. Las olas rompen ordenadas y vacías sobre el arrecife en el extremo derecho y justo en frente de nosotros un kilómetro de arena produce ondas de cristal en esta mañana sin viento.

 

La lonja del pescado esta aun animada, se venden las ultimas capturas del día. Langostas verdes atadas en cajas de poliespan hacen ruidos extraños, silban y agitan a los siluros del estanque y a las anguilas vivas. Compartimos una sopa con los pescadores y contemplamos la ceremonia de la venta de los frutos del mar, que se repite cada mañana. Hoy abundaron las barracudas, metálicas y feroces aun muertas sobre el suelo del mercado.

 

Es difícil imaginar este lugar hace tan solo 12 meses, cuando un lunes a las 4 de la tarde y sin aviso previo, tres olas gigantes consecutivas asolaron el litoral barriendo a su paso todo lo que encontraron. Murieron 600 personas.

Cerca de las palmeras al comienzo de la playa, entre botes nuevos varados en la arena, un excéntrico monumento de hormigón coloreado recuerda esa fecha. Es una columna circular sobre la que se levanta un bote roto en dos pedazos y una ola que lo levanta en vilo. A sus pies una placa describe el desastre con palabras que transmiten aceptación de lo que la naturaleza nos da sin queja alguna. Porque este país, sobre todo esta isla, vive perpetuamente en un ciclo hinduista de nacimiento, protección y destrucción generadora de vida. Brahma el creador, Vishnu el protector, Shiva la destructora, la madre, acunan sus días entre fuego, agua y el mayor deseo de vivir que jamás encontraste.

 

Este es el país del mundo con más volcanes en actividad, en erupción, y con más terremotos. Sus habitantes están acostumbrados a reconstruir sin detenerse lo que mañana será destruido por poderes que  están más allá de  lo humano. Volcanes, temblores de tierra, inundaciones, tsunamis, forman parte de la cotidianeidad y son algo que no se lamenta sino que se asume como parte del ciclo de la vida. Y se sonríe, más que en ninguna otra parte del planeta.

Cada volcán es un dios al que las gentes agradecidas por sus tierras fértiles ofrendan flores, gallinas o incluso algún turista en sus cráteres humeantes. También el mar, su diosa caprichosa y hermosísima, Kanjeng Ratu Kidul, es venerada por todos sea cual sea su humor.

El Islam teóricamente unifico este país  de mas de 12.000 islas y 250 idiomas, pero por encima de la obligación nacional de tener una religión monoteísta en el carnet de identidad, los cultos animistas de cada lugar permanecen absolutamente vivos y están mas cerca de lo natural y de lo humano que cualquier libro de ceremonias y rituales importado de tierras lejanas. Esta religiosidad original representa la conexión inmediata con la naturaleza de estas personas, el credo de los abuelos, el sentido. Algo que los occidentales ya perdimos definitivamente hace cientos de años y cuyo vacío es parte del impulso que nos lleva a peregrinar insatisfechos, mochila al hombro y Lonely Planet en la mano, por el mundo.

Ni Armani ni Macdonalds, ni Levis ni Billabong, ni un nuevo coche, un caro teléfono o las ultimas noticias pueden mas que distraernos de ese vacío esencial que esta en el fondo de cada uno.

 

Nuestra sociedad ha primado el entretenimiento y la distracción sobre lo más básico, la naturalidad de lo terrenal y el sencillo misticismo de las pequeñas cosas. Somos huérfanos de la memoria de nuestros antepasados, perdimos el contacto con la herencia de los abuelos primeros y ahora flotamos desorientados sin saber muy bien porque y de que manera comportarnos fuera del mercado global de plástico, luces y asfalto, de tiendas, hipotecas y “sentido común”.

Aquí, en estas islas, aun permanece viva esa conexión y  nos sorprende a menudo cuando el occidental que espera ver pobres nativos carentes de todo  encuentra gentes equilibradas de mirada franca y temperamento envidiable.

 

Si un  niño menor de 6 meses muere en el pueblo, por ejemplo, la pareja lo envuelve en telas y lo da al árbol madre, llamado Tarra, haciendo una incisión en el tronco y depositándolo en ella. Se considera que el bebe que aun no tiene dientes no ha adquirido el rango de persona. Se devuelve por ello a la madre árbol que a través de sus raíces mantiene su espíritu, lo alimenta, lo envuelve en su cuerpo de madera y lo eleva con sus ramas hacia un nuevo espacio.

 

En cada casa, cerca del tronco tallado que esta en el centro de los pilares que la sostienen, el que conecta al edificio con la tierra, se entierran los cordones umbilicales de los nacidos allí, para que su energía este siempre en la fuente sagrada de todas las cosas.

 

 

 

Cuando un individuo de esta zona muere lejos de su familia, quizás en el mar, y  por ello es imposible celebrar los ritos funerarios con su cuerpo presente, la familia sube a la montaña sagrada, Obenampuang, y con un sarong, un pareo  tubular, anudado en uno de sus lados, recoge el viento que sopla allí arriba. Cerrando el otro lado conservan ese aire y como si fuera la presencia de su familiar, celebran entonces los rituales de despedida para la buena transición al otro mundo del fallecido.

 

Los ancianos viven cada día mirando al futuro con serenidad, seguros del respeto de su comunidad, dueños del espacio en la casa familiar que sus años de vida les ganaron. Son depositarios de la memoria general, no despojos inútiles y feos que nos recuerdan la muerte que nos asusta y a los que esperamos encontrar hueco pronto en alguna residencia de la “tercera edad”.

 

Aquí, al igual que el nacimiento, es celebrado también el final de esta vida. Se conmemora públicamente, sin duelo, y las tumbas son visibles cada día pues forman parte del paisaje urbano de los asentamientos.

 

El tiempo pasa despacio, como una brisa suave y calida; casi sin darnos cuenta entramos al mar con paso tranquilo. El latido del océano resuena rítmico en las olas, nada es apresurado. Alguien pesca entre los árboles encima de una  roca, esa mujer lleva arroz a su casa en canastos de ratan desde las huertas balconadas. Le sigue a tres pasos un perro color canela.

Escuchamos entre el eco de las olas música Gamelan llegándonos desde tierra. Mágica y distinta, nos seduce a entender sin ver.

En el agua, entre deslizamientos simples y sin espectadores, saludamos a los barcos que salen a buscar comida del mar, y ellos bracean un adiós sincero desde la estela que se deshace.

Esto es Indonesia. ¡Selamat datang!

Estado de Transito - Huellas Anonimas

   

Estado de Transito - Huellas Anonimas

(Para Craig Peterson y Kevin Naughton)

Resulta significativo que durante años los tesoros personales de mi hermano mayor hayan estado dentro de una maleta.  

Ha vivido en un perpetuo estado de transito que muchos hemos visto con curiosidad desde la seguridad y monotonía de nuestras vidas convencionales o desde la inocente malicia de la juventud.  

El era esa figura que se alejo con su tabla y una mueca de adiós mezcla de huida y búsqueda que no pudimos entender.

Siguiendo la corriente de la vida de aquí para allá en una mudanza interminable recorrió todos los continentes conocidos, los océanos de la tierra.

Se embriagó de aromas y sensaciones destiladas a la manera de cada cual y de cada donde, bailó al son de músicas estridentes o serenas, alimentado por las frutas de cada bandera. 

Perdido en selvas de verdes imposibles descubrió desiertos introvertidos. Taxistas mitológicos abrieron los barrios secretos de las ciudades para el.

Y aun en los puntos mas alejados del planeta siempre encontró la oportunidad para contármelo, para enviarnos fotos o algún texto.

Contaba  mi hermano que charlo con al menos una abuela de cada país,  que consulto su pasado a los oráculos de las montañas y de las costas.  

Que cumplió todos los ritos, participo en los sacrificios, que fue iniciado, apostata y ateo de cada credo.  

Y casi sin darme cuenta comencé a hablar en un extraño idioma que surgió de leer sus cartas, sus mails. A soñar despierto. Mezclando palabras  de todos los lenguajes, un dialecto entendido en cualquier parte.

Acumuló fetiches, decia, abalorios, protecciones y amuletos. Pisó sobre pisado y vio la alegría y la melancolía esfumarse en una humareda de sueños.

Olas diferentes le contaron las mismas historias. Y partía de nuevo.

Las despedidas le rompieron mil veces el alma y mil veces despertó lleno de esperanza frente a un nuevo horizonte.

Se que el  viste cicatrices de heridas con procedencias señaladas en los arrecifes del mapamundi.

Inmunizado a las fiebres del sur y a las del norte, ya solo el insomnio le acompaña.

Porque esta vivo.

-“La soledad es el sello del paseante, la sombra que no podemos abrazar jamás”- escribía en su ultima carta, desde algún país indescifrable en la direccion borrada por el trasiego de manos y el correr del tiempo.

Buscarle, salir al mundo abierto y sin destino fijo, nunca fue mi propósito. Pero se que el sigue ahí, en alguna parte, quizás ya cerca.

Y ese es mi impulso  

Mientras tanto continuo mojándome en aguas que el me ha transmitido, hermanando sonrisas en las olas que el surfeo y perdiéndome en laberintos de luz que se deshacen infinitos.

A veces unos ojos brillan cuando pregunto por su nombre y señalan lejos con una sonrisa. Otras, quizás en mediodías llenos de aromas nuevos, me enseñan el pozo que ayudo a excavar o me dan cartas de mujeres que aun le recuerdan.

Se que aun continua en el camino, que algún día nos encontraremos y compartiremos olas al atardecer, sin nada mas que decir.

Y yo, como el, tampoco pierdo la oportunidad de escribir a mi hermano menor, de contarle lo que me ocurre, lo que siento y descubro.

Porque la ruta esta abierta, y hay que seguirla.

Porque para cada uno de nosotros no tiene final, hasta el nuevo principio.

Porque no existe lejos ni cerca.

Trek Salama!

ESTADO DE TRANSITO - ON THE ROAD

 

  1- Un locutor vibra en la radio del Jeep presentando una bachata desde la capital. Con un gesto apartas el mapa desplegado que casi no te dejaba ver la carretera secundaria.

Llueve a raudales. Pero llegaremos a Samaná, el carro que alquilamos ayer al Tiburón en Puerto Plata aguanta bien.

Nos reímos abriendo una cerveza y anticipamos con alegría las olas solitarias que encontraremos mas allá de El Encuentro. Nuestra nave surca la noche tropical imparable, bailan los limpiaparabrisas ¡Adelante!

150 kilómetros de baches, humedad y barro y el 4x4 se detiene. Estamos tirados en medio de la nada, rodeados de oscuridad. Recorreremos la costa norte de la Republica Dominicana, si, pero tendrá que ser andando.

El diluvio se refleja en los focos de otro camión que tampoco para, que pasa salpicando pegado al arcen, casi rozando nuestro gesto de auxilio. Tienes las gafas de sol rotas y arregladas con cinta inclinadas hacia un lado de la cara. Gotean.

Pero no hay desgracia que dure cien años, ves, ¡te dije que alguien nos recogería! Aceleramos el paso hacia las luces del carro que se ha parado ahí delante hasta que distinguimos las siluetas de los dos hombres que bajan.

Eso que se ve en la mano del más alto parece una pistola.

¿Policías? ¿Asaltadores? No se que será peor en esta tierra sin ley para dos gringos cargados de tablas, ilusiones y miedo. Mas perdidos que Magallanes en el Cabo de Hornos. Con antelacion rebuscamos en los bolsillos documentos, pasaportes y dinero, encomendándonos al santo Dora.

 

2- ¡Las cascadas de Ouzoud!

¡A quien se le ocurre conducir 500 kilómetros hacia el interior para ver unas cascadas! ¡Y además en la estación seca!

Cuando preguntamos en la aldea por ellas, un viejo bereber nos miro con sorna y señalo hacia la montaña. Habíamos tardado más de 6 horas turnándonos al volante para hacer los últimos tramos de pista que llevan hasta allí. Miramos ilusionados en la dirección que indicaba y no distinguimos la menor señal de agua en la pared rocosa. Ni una gota. Pateamos las postales que nos prometían un cauce estruendoso y un vergel paradisíaco y salimos de aquel agujero maldiciendo.

Arreglamos la situación con facilidad, se decidió un cambio de ruta. Prometimos no desviarnos otra vez de la senda del Surf bajo ninguna circunstancia.

Nuevo destino: Sidi Ifni. ¡Brillante idea! Olas legendarias se rumorean en el espigon de su macro puerto.

Ya en la ruta rodando y debe ser un año malo, porque los controles abundan; la tensión de esconder lo ilegal y preparar pasaportes y sobornos endurece el trayecto.

La capa de polvo y arena que nos envuelve hace difícil distinguir la estrecha carretera. El agua de las botellas sabe a oxido, las cintas de Nas el Ghiwane se atascan en el radiocasete.

Como dijo el camello… ¡Hay mucho desierto!

Pero al fin la línea del mar en el horizonte nos da la bienvenida, se distinguen olas rompiendo más allá de las colinas, más allá de las barreras del ejército.

¿Las barreras del ejército?

El bigotudo capitán no sonreía cuando nos negó la entrada a la zona del puerto por razones de seguridad. Las figuras que le rodeaban armadas con metralletas tampoco.

En un castellano excolonial el militar nos despidió con un gesto enérgico señalando al interior: -¡Vayan a conocer las cascadas de Ouzoud, muy bonito allí! ¡Alé!-

 

 

3- La frontera de Colombia debe de estar cerca ya. Eso si no la hemos atravesado sin darnos cuenta. El paisaje es exactamente igual para mis ojos desde hace horas. Verde profundo en los márgenes del asfalto, jinetes machete al cinto trotando de vez en cuando, pueblos con nombres inverosímiles y de solo 4 casas de madera. Como esperando ver algo que cruce a través de su aislamiento.

-¡“Sal si puedes”! – Grita Martín, y pensamos que le asalta otro ataque de su intermitente malaria. Pero el cartel que señala nuestro amigo y guía peruano dice exactamente eso. Es el nombre de este asentamiento en medio de la selva del Pacifico.

Nos encontramos con Martín en Cabo Blanco, su sonrisa y maneras de encantador de serpientes reaparecieron en San Mateo y cuando en Mompiche entre delirios de chicha prometió guiarnos al último paraíso del Surf si le llevábamos en nuestra furgoneta, confiamos en el destino y en nuestra ambición.

Hace tiempo que sabemos que no tiene papeles, algunos sospechan que en su funda transporta algo más que la tabla, pero es fuente inagotable de historias de fronteras y de olas, un buen compañero de viaje. Y de alguna manera entendemos que a estas alturas dependemos de el. No hay vuelta atrás.

En la puerta del barracon que en Sal Si Puedes hace las veces de cantina Martín nos pide que le esperemos y entra tranquilo en la tiniebla de humo y hombres en pantalones cortados, botas altas de agua y machetes.

Cuando dos horas después reunimos el valor de preguntar por él en la barra, una sonrisa de oro responde que hay tres rondas pagadas por el Martinico, que se tuvo que ausentar, que nos da las gracias y nos desea suerte.

Y que nos deja un papel. Un Mapa.

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Updated 3/20/2008