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    Estado d transito - Nikar agua

    estuve en en el pais en q aun ondean banderas.
    barroso y fertil, arbolado.
    fronterizado y lleno de animales.
    con fauna y flora, perdidito.
    mas solo q la una, sin petroleo conocido.
    ahora mismo, aburrido.
    mareado, cansado de hacer de bna gente callada.
    nikaragua paraiso natural del tropiko planetario.
    gracias y buena suerte!

    Estado de Transito - From Bali High to sinking Venezia

    Dulce, untuosa, la atmosfera de esta isla me esta matando de placer, belleza y contradicciones crueles.
    Hoy mas que nunca las palabras que escribo aqui constituyen un diario.
    No corrijo, dejo a mis dedos fluir torpemente pero sin pausa sobre el teclado en este momento. Solo me detengo para beber otro trago de la cerveza tibia que me acompanya.
    Desde el corazon de las tinieblas, de mis propias tinieblas, encarno esta manyana en Bali la paradoja general y tambien la particular.
    Mi nombre es Marcello. Mi ciudad se hunde, al otro lado de nuestro planeta.
    Ni siquiera abri antes las noticias de Venezia, de mi hogar, que leia cada dia. Estoy desconectandome a proposito y ellas dos han sido las primeras victimas de mi mismo. El hundimento, creo, es inevitable.
    Se marcharon, mi mujer airada, con nuestra hija en brazos. Posiblemente regresaron al pueblo de sus padres, en el norte de la isla. Lo desconozco.
    No es esta una nota de despedida, al menos no intencionadamente. Solo el buceo de un diletante en las melancolias del viaje. Una descarga necesaria, un monologo esteril.
    Contemplo, embriagado casi siempre, el discurrir de las rutas, el hormigueo ciego de estas personas. Tambien la pesada ironia y la paciencia de los locales, resignados a una postura mezcla de reserva y servilismo.
    No hay casi nada honorable en esto, ni siquiera en mi conciencia de todo ello.
    Un sacrificio ritual de mi alma aqui seria inutil, pasaria desapercibido e incomprendido. Representaria por encima de todo un imperdonable acto de vanidad.
    Pero sufro, algo en mi se ofende profundamente y al mismo tiempo se deleita, siento tristeza, me confunde el sopor afilado de estos dias.
    Escucho el sonido del agua en una fuente, las carpas se mueven eternamente en orbitas aleatorias, ajenas a todo, puede que sagradas . Su mensaje, su testimonio esclarecedor, escapa a nuestra percepcion. Hemos perdido los codigos de ese lenguaje hace siglos. Quizas nunca los poseimos.
    Se que el Samsara va hacia alli. Yo, por mi parte, bebo otro trago de la cerveza local y respiro el humo de mi cigarro.
    Y aun asi, milagrosamente, cada manyana se renueva el milagro de la vida.
    La madre que dispone las ofrendas en los templos de mi casa camina sosteniendo la bandeja llena de flores y frutas, humeante de inciensos. Dos australianos pasan en moto por la carretera, veloces y semidesnudos, intoxicados. Gritan.
    El calor, la luz, el ritmo del tiempo, son diferentes, de un misticismo corrupto, crudo, muy del siglo 21.
    La esclerosis de las corrientes de energia opuestas que se mezclan aqui. La muerte, la vida, otra vez la muerte.
    La ligereza, el spleen, la naturalidad atemporal de los preceptos basicos de la vida, la sofisticacion sencilla.
    El sudor, el brillo de pieles embadurnadas en crema bronceadora, las palmeras reflejandose languidas en  la piscina.
    El alcohol bendito, la soledad, y tambien tu ausencia.
    Paciencia, Tolerancia y Comprension, segun Budha, son las tres mayores virtudes que una persona puede adquirir y cultivar a traves de su vida.
    Hasta pronto, siempre, y gracias
    Bali, 27 spt. 2008 
     
     
     

    Etado de Transito - Solo Contando

     
    Hoy el viento inclina las ramas de los arboles.
    Las mece como si fuesen algas.
    Brama y transforma el ambiente en algo casi submarino.
    la luz parece filtrada en agua salada y acaricia con dedos liquidos las primeras flores.
    Los perros de la vecindad se recojen, se abrazan en una bola de pelo y ojos entrecerrados.
    Los pajaros estan en huelga.
    Con todo el anhelo romantico de sentir en la naturaleza un espejo de mi alma, puede que solo con un temperamento atmosferico, camino unos pasos para que me abrace el aire.
    ¿Pues que le queda al poeta sino buscar donde otros pasan de largo?
     
     
     

    Estado de transto - Makassar

     Makassar endulza el transito del guia con caricias de niña sabia. Con la clase de mil generaciones abiertas al mar y conscientes de si mismas.
    En atardeceres que miman las calles, que confortan al bechat* protejiendolo de la desesperacion. Porque esta ciudad extrema esta bendecida con la falta de ansiedad y con la fe en la vida.
    Se siente en las risas de patio, en el caos armonisoso del trafico, en el ritmo vital de sus habitantes.
    Peligrosa ciudad maquillada de camino. Infierno del paseante, tentacion sedentaria.
    Sabia ramera amable y de buena salud, recien despertada a cada nuevo dia y que estalla en carcajadas al ver nuestro desconcierto inocente de viejo joven.
    Una cuchillada triste se agazapa quizas en la cancion que sale de un portal; un empujon sorpresa hacia donde no suponiamos ir esta en la sonrisa de un niño.
    En el brillo de los ojos de una muchacha cualquiera ofrece Makassar misterios de siglos pasados y futuros.
    Aqui se templan las pasiones sin perder nada de su profundidad.
    Tocada de lo asiatico, de lo polinesio y sobre todo de lo portuario, esta Tanger casada con Guayakil tiene los ojos rasgados y la piel suave de la cabeza a los pies.
    El dia pasa como un tramite para esas noches, la noche es madre de sus atardeceres.
    Embriagadas en ella, borrachas de una especie de Makasaridad, las almas pululan.
    Discreta concubina, la ciudad nos ofrece la mano timidamente bajo la mesa mientras un destello carnivoro de perpetuacion de la vida refleja las bombillas en sus pupilas.
    *Bechat : ciclista taxi
     

    Estado de Transito - Tsunami Roll Blues

     

     

    La carretera serpentea entre junglas que  escaparon a la deforestación organizada por el gobierno. Conduces despacio a través de la fina línea de asfalto envuelta en bosque primario. Para un campesino talar y recoger leña de estos árboles puede suponer un año de cárcel. A pesar de todo se distinguen entre la maleza troncos apilados esperando ser recogidos furtivamente al anochecer.

     

    Ella casi duerme a tu lado, apoyada en la ventanilla del coche. Con los ojos cerrados acorta las distancias que su cara asiática establece siempre entre tu mirada y la suya. Apagas el cigarro, te frotas los ojos. De pronto te gustaría  tener prisa, un plazo  que cumplir, una fecha y un destino de llegada. Te los inventas.

     

     

    El mar se anuncia sutil, muestra señales dulces y saladas que podemos distinguir a kilómetros de distancia. La última sierra termina con un descenso lleno de olores y luces marinas, de rostros ya marcados por el salitre, de redes secando en los patios y de mujeres que miran al cielo adivinando el tiempo de mañana.

    Arriba, entre perfiles de jungla, el cielo dibuja nubes llevadas en vientos de océano, deslizándose por encima de las olas que buscamos.

     

    Entramos en Lamainang al mediodía. En el mercado chicas vestidas de azul y escarlata discuten acaloradamente regateando sobre los precios de frutos silvestres y diversas clases de murciélagos. Los niños corren por la calle arriba y abajo, riendo y jugando con cometas; un anciano delgado, con los pantalones remangados, lanza la red circular en un estanque.

     

    Anima aquí la vida de todos un río claro de montaña que desemboca en los manglares de la playa cerca del puerto de pescadores y que atrae a la gente que sale a dar un paseo sin nada que hacer. Se paran un momento en el puente a contemplar el agua, como le gusta hacer a la gente en todas partes, y luego siguen su camino claramente confortados. Seguimos su ejemplo.

    Debajo se alinean barcos multicolores con formas estilizadas, largos y afilados, mientras sus dueños hacen pequeños arreglos innecesarios, juegan a las cartas mecidos por la suave corriente o charlan con los amigos. Una mujer lleva su pato cogido debajo del brazo en su excursión diaria por las orillas del río.

     

    A la derecha, bordeando las casas de madera en las que la gente disfruta de un te sosegado bajo la sombra de los porches, el camino de tierra nos lleva a la playa exterior. Las olas rompen ordenadas y vacías sobre el arrecife en el extremo derecho y justo en frente de nosotros un kilómetro de arena produce ondas de cristal en esta mañana sin viento.

     

    La lonja del pescado esta aun animada, se venden las ultimas capturas del día. Langostas verdes atadas en cajas de poliespan hacen ruidos extraños, silban y agitan a los siluros del estanque y a las anguilas vivas. Compartimos una sopa con los pescadores y contemplamos la ceremonia de la venta de los frutos del mar, que se repite cada mañana. Hoy abundaron las barracudas, metálicas y feroces aun muertas sobre el suelo del mercado.

     

    Es difícil imaginar este lugar hace tan solo 12 meses, cuando un lunes a las 4 de la tarde y sin aviso previo, tres olas gigantes consecutivas asolaron el litoral barriendo a su paso todo lo que encontraron. Murieron 600 personas.

    Cerca de las palmeras al comienzo de la playa, entre botes nuevos varados en la arena, un excéntrico monumento de hormigón coloreado recuerda esa fecha. Es una columna circular sobre la que se levanta un bote roto en dos pedazos y una ola que lo levanta en vilo. A sus pies una placa describe el desastre con palabras que transmiten aceptación de lo que la naturaleza nos da sin queja alguna. Porque este país, sobre todo esta isla, vive perpetuamente en un ciclo hinduista de nacimiento, protección y destrucción generadora de vida. Brahma el creador, Vishnu el protector, Shiva la destructora, la madre, acunan sus días entre fuego, agua y el mayor deseo de vivir que jamás encontraste.

     

    Este es el país del mundo con más volcanes en actividad, en erupción, y con más terremotos. Sus habitantes están acostumbrados a reconstruir sin detenerse lo que mañana será destruido por poderes que  están más allá de  lo humano. Volcanes, temblores de tierra, inundaciones, tsunamis, forman parte de la cotidianeidad y son algo que no se lamenta sino que se asume como parte del ciclo de la vida. Y se sonríe, más que en ninguna otra parte del planeta.

    Cada volcán es un dios al que las gentes agradecidas por sus tierras fértiles ofrendan flores, gallinas o incluso algún turista en sus cráteres humeantes. También el mar, su diosa caprichosa y hermosísima, Kanjeng Ratu Kidul, es venerada por todos sea cual sea su humor.

    El Islam teóricamente unifico este país  de mas de 12.000 islas y 250 idiomas, pero por encima de la obligación nacional de tener una religión monoteísta en el carnet de identidad, los cultos animistas de cada lugar permanecen absolutamente vivos y están mas cerca de lo natural y de lo humano que cualquier libro de ceremonias y rituales importado de tierras lejanas. Esta religiosidad original representa la conexión inmediata con la naturaleza de estas personas, el credo de los abuelos, el sentido. Algo que los occidentales ya perdimos definitivamente hace cientos de años y cuyo vacío es parte del impulso que nos lleva a peregrinar insatisfechos, mochila al hombro y Lonely Planet en la mano, por el mundo.

    Ni Armani ni Macdonalds, ni Levis ni Billabong, ni un nuevo coche, un caro teléfono o las ultimas noticias pueden mas que distraernos de ese vacío esencial que esta en el fondo de cada uno.

     

    Nuestra sociedad ha primado el entretenimiento y la distracción sobre lo más básico, la naturalidad de lo terrenal y el sencillo misticismo de las pequeñas cosas. Somos huérfanos de la memoria de nuestros antepasados, perdimos el contacto con la herencia de los abuelos primeros y ahora flotamos desorientados sin saber muy bien porque y de que manera comportarnos fuera del mercado global de plástico, luces y asfalto, de tiendas, hipotecas y “sentido común”.

    Aquí, en estas islas, aun permanece viva esa conexión y  nos sorprende a menudo cuando el occidental que espera ver pobres nativos carentes de todo  encuentra gentes equilibradas de mirada franca y temperamento envidiable.

     

    Si un  niño menor de 6 meses muere en el pueblo, por ejemplo, la pareja lo envuelve en telas y lo da al árbol madre, llamado Tarra, haciendo una incisión en el tronco y depositándolo en ella. Se considera que el bebe que aun no tiene dientes no ha adquirido el rango de persona. Se devuelve por ello a la madre árbol que a través de sus raíces mantiene su espíritu, lo alimenta, lo envuelve en su cuerpo de madera y lo eleva con sus ramas hacia un nuevo espacio.

     

    En cada casa, cerca del tronco tallado que esta en el centro de los pilares que la sostienen, el que conecta al edificio con la tierra, se entierran los cordones umbilicales de los nacidos allí, para que su energía este siempre en la fuente sagrada de todas las cosas.

     

     

     

    Cuando un individuo de esta zona muere lejos de su familia, quizás en el mar, y  por ello es imposible celebrar los ritos funerarios con su cuerpo presente, la familia sube a la montaña sagrada, Obenampuang, y con un sarong, un pareo  tubular, anudado en uno de sus lados, recoge el viento que sopla allí arriba. Cerrando el otro lado conservan ese aire y como si fuera la presencia de su familiar, celebran entonces los rituales de despedida para la buena transición al otro mundo del fallecido.

     

    Los ancianos viven cada día mirando al futuro con serenidad, seguros del respeto de su comunidad, dueños del espacio en la casa familiar que sus años de vida les ganaron. Son depositarios de la memoria general, no despojos inútiles y feos que nos recuerdan la muerte que nos asusta y a los que esperamos encontrar hueco pronto en alguna residencia de la “tercera edad”.

     

    Aquí, al igual que el nacimiento, es celebrado también el final de esta vida. Se conmemora públicamente, sin duelo, y las tumbas son visibles cada día pues forman parte del paisaje urbano de los asentamientos.

     

    El tiempo pasa despacio, como una brisa suave y calida; casi sin darnos cuenta entramos al mar con paso tranquilo. El latido del océano resuena rítmico en las olas, nada es apresurado. Alguien pesca entre los árboles encima de una  roca, esa mujer lleva arroz a su casa en canastos de ratan desde las huertas balconadas. Le sigue a tres pasos un perro color canela.

    Escuchamos entre el eco de las olas música Gamelan llegándonos desde tierra. Mágica y distinta, nos seduce a entender sin ver.

    En el agua, entre deslizamientos simples y sin espectadores, saludamos a los barcos que salen a buscar comida del mar, y ellos bracean un adiós sincero desde la estela que se deshace.

    Esto es Indonesia. ¡Selamat datang!

    Estado de Transito - Huellas Anonimas

       

    Estado de Transito - Huellas Anonimas

    (Para Craig Peterson y Kevin Naughton)

    Resulta significativo que durante años los tesoros personales de mi hermano mayor hayan estado dentro de una maleta.  

    Ha vivido en un perpetuo estado de transito que muchos hemos visto con curiosidad desde la seguridad y monotonía de nuestras vidas convencionales o desde la inocente malicia de la juventud.  

    El era esa figura que se alejo con su tabla y una mueca de adiós mezcla de huida y búsqueda que no pudimos entender.

    Siguiendo la corriente de la vida de aquí para allá en una mudanza interminable recorrió todos los continentes conocidos, los océanos de la tierra.

    Se embriagó de aromas y sensaciones destiladas a la manera de cada cual y de cada donde, bailó al son de músicas estridentes o serenas, alimentado por las frutas de cada bandera. 

    Perdido en selvas de verdes imposibles descubrió desiertos introvertidos. Taxistas mitológicos abrieron los barrios secretos de las ciudades para el.

    Y aun en los puntos mas alejados del planeta siempre encontró la oportunidad para contármelo, para enviarnos fotos o algún texto.

    Contaba  mi hermano que charlo con al menos una abuela de cada país,  que consulto su pasado a los oráculos de las montañas y de las costas.  

    Que cumplió todos los ritos, participo en los sacrificios, que fue iniciado, apostata y ateo de cada credo.  

    Y casi sin darme cuenta comencé a hablar en un extraño idioma que surgió de leer sus cartas, sus mails. A soñar despierto. Mezclando palabras  de todos los lenguajes, un dialecto entendido en cualquier parte.

    Acumuló fetiches, decia, abalorios, protecciones y amuletos. Pisó sobre pisado y vio la alegría y la melancolía esfumarse en una humareda de sueños.

    Olas diferentes le contaron las mismas historias. Y partía de nuevo.

    Las despedidas le rompieron mil veces el alma y mil veces despertó lleno de esperanza frente a un nuevo horizonte.

    Se que el  viste cicatrices de heridas con procedencias señaladas en los arrecifes del mapamundi.

    Inmunizado a las fiebres del sur y a las del norte, ya solo el insomnio le acompaña.

    Porque esta vivo.

    -“La soledad es el sello del paseante, la sombra que no podemos abrazar jamás”- escribía en su ultima carta, desde algún país indescifrable en la direccion borrada por el trasiego de manos y el correr del tiempo.

    Buscarle, salir al mundo abierto y sin destino fijo, nunca fue mi propósito. Pero se que el sigue ahí, en alguna parte, quizás ya cerca.

    Y ese es mi impulso  

    Mientras tanto continuo mojándome en aguas que el me ha transmitido, hermanando sonrisas en las olas que el surfeo y perdiéndome en laberintos de luz que se deshacen infinitos.

    A veces unos ojos brillan cuando pregunto por su nombre y señalan lejos con una sonrisa. Otras, quizás en mediodías llenos de aromas nuevos, me enseñan el pozo que ayudo a excavar o me dan cartas de mujeres que aun le recuerdan.

    Se que aun continua en el camino, que algún día nos encontraremos y compartiremos olas al atardecer, sin nada mas que decir.

    Y yo, como el, tampoco pierdo la oportunidad de escribir a mi hermano menor, de contarle lo que me ocurre, lo que siento y descubro.

    Porque la ruta esta abierta, y hay que seguirla.

    Porque para cada uno de nosotros no tiene final, hasta el nuevo principio.

    Porque no existe lejos ni cerca.

    Trek Salama!

    ESTADO DE TRANSITO - ON THE ROAD

     

      1- Un locutor vibra en la radio del Jeep presentando una bachata desde la capital. Con un gesto apartas el mapa desplegado que casi no te dejaba ver la carretera secundaria.

    Llueve a raudales. Pero llegaremos a Samaná, el carro que alquilamos ayer al Tiburón en Puerto Plata aguanta bien.

    Nos reímos abriendo una cerveza y anticipamos con alegría las olas solitarias que encontraremos mas allá de El Encuentro. Nuestra nave surca la noche tropical imparable, bailan los limpiaparabrisas ¡Adelante!

    150 kilómetros de baches, humedad y barro y el 4x4 se detiene. Estamos tirados en medio de la nada, rodeados de oscuridad. Recorreremos la costa norte de la Republica Dominicana, si, pero tendrá que ser andando.

    El diluvio se refleja en los focos de otro camión que tampoco para, que pasa salpicando pegado al arcen, casi rozando nuestro gesto de auxilio. Tienes las gafas de sol rotas y arregladas con cinta inclinadas hacia un lado de la cara. Gotean.

    Pero no hay desgracia que dure cien años, ves, ¡te dije que alguien nos recogería! Aceleramos el paso hacia las luces del carro que se ha parado ahí delante hasta que distinguimos las siluetas de los dos hombres que bajan.

    Eso que se ve en la mano del más alto parece una pistola.

    ¿Policías? ¿Asaltadores? No se que será peor en esta tierra sin ley para dos gringos cargados de tablas, ilusiones y miedo. Mas perdidos que Magallanes en el Cabo de Hornos. Con antelacion rebuscamos en los bolsillos documentos, pasaportes y dinero, encomendándonos al santo Dora.

     

    2- ¡Las cascadas de Ouzoud!

    ¡A quien se le ocurre conducir 500 kilómetros hacia el interior para ver unas cascadas! ¡Y además en la estación seca!

    Cuando preguntamos en la aldea por ellas, un viejo bereber nos miro con sorna y señalo hacia la montaña. Habíamos tardado más de 6 horas turnándonos al volante para hacer los últimos tramos de pista que llevan hasta allí. Miramos ilusionados en la dirección que indicaba y no distinguimos la menor señal de agua en la pared rocosa. Ni una gota. Pateamos las postales que nos prometían un cauce estruendoso y un vergel paradisíaco y salimos de aquel agujero maldiciendo.

    Arreglamos la situación con facilidad, se decidió un cambio de ruta. Prometimos no desviarnos otra vez de la senda del Surf bajo ninguna circunstancia.

    Nuevo destino: Sidi Ifni. ¡Brillante idea! Olas legendarias se rumorean en el espigon de su macro puerto.

    Ya en la ruta rodando y debe ser un año malo, porque los controles abundan; la tensión de esconder lo ilegal y preparar pasaportes y sobornos endurece el trayecto.

    La capa de polvo y arena que nos envuelve hace difícil distinguir la estrecha carretera. El agua de las botellas sabe a oxido, las cintas de Nas el Ghiwane se atascan en el radiocasete.

    Como dijo el camello… ¡Hay mucho desierto!

    Pero al fin la línea del mar en el horizonte nos da la bienvenida, se distinguen olas rompiendo más allá de las colinas, más allá de las barreras del ejército.

    ¿Las barreras del ejército?

    El bigotudo capitán no sonreía cuando nos negó la entrada a la zona del puerto por razones de seguridad. Las figuras que le rodeaban armadas con metralletas tampoco.

    En un castellano excolonial el militar nos despidió con un gesto enérgico señalando al interior: -¡Vayan a conocer las cascadas de Ouzoud, muy bonito allí! ¡Alé!-

     

     

    3- La frontera de Colombia debe de estar cerca ya. Eso si no la hemos atravesado sin darnos cuenta. El paisaje es exactamente igual para mis ojos desde hace horas. Verde profundo en los márgenes del asfalto, jinetes machete al cinto trotando de vez en cuando, pueblos con nombres inverosímiles y de solo 4 casas de madera. Como esperando ver algo que cruce a través de su aislamiento.

    -¡“Sal si puedes”! – Grita Martín, y pensamos que le asalta otro ataque de su intermitente malaria. Pero el cartel que señala nuestro amigo y guía peruano dice exactamente eso. Es el nombre de este asentamiento en medio de la selva del Pacifico.

    Nos encontramos con Martín en Cabo Blanco, su sonrisa y maneras de encantador de serpientes reaparecieron en San Mateo y cuando en Mompiche entre delirios de chicha prometió guiarnos al último paraíso del Surf si le llevábamos en nuestra furgoneta, confiamos en el destino y en nuestra ambición.

    Hace tiempo que sabemos que no tiene papeles, algunos sospechan que en su funda transporta algo más que la tabla, pero es fuente inagotable de historias de fronteras y de olas, un buen compañero de viaje. Y de alguna manera entendemos que a estas alturas dependemos de el. No hay vuelta atrás.

    En la puerta del barracon que en Sal Si Puedes hace las veces de cantina Martín nos pide que le esperemos y entra tranquilo en la tiniebla de humo y hombres en pantalones cortados, botas altas de agua y machetes.

    Cuando dos horas después reunimos el valor de preguntar por él en la barra, una sonrisa de oro responde que hay tres rondas pagadas por el Martinico, que se tuvo que ausentar, que nos da las gracias y nos desea suerte.

    Y que nos deja un papel. Un Mapa.

    Estado de Transito - Sumbawa

    Rishna se inclina sobre la mesa de billar. La minifalda vaquera se tensa, con guantes de cuero recortados en las puntas de los dedos sujeta firme el palo. En dos, tres, cuatro golpes, todas las bolas entran en sus agujeros y el ingeniero holandés empleado en las minas del sureste de Sumbawa parpadea sorprendido admirando a su adversaria.

    Unos días antes de presenciar esto The Three Lost Amigos continuaban su caravana por Indonesia recorriendo kilómetros de precario asfalto, pistas de tierra y ferrys entre isla e isla. Cabalgando sus motillos Honda 100 y acarreando las tablas de Surf. 

    La luna llena ilumina ahora este camino igual a todos y distinto a la vez. Acelero sin sentir las diferencias y la moto responde haciendo carreras con su propia sombra. Fluye determinada entre aromas de plantas nocturnas y brisa fresca.

    Sumbawa se abre desconocida y es el último destino de este giro en redondo. La isla es grande comparada con sus vecinas Lombok y Bali. Casi despoblada, bellísima, sus minas de oro y cobre nos facilitan buenas carreteras durante un tiempo tras desembarcar. Después nuestras motos no encuentran más que pistas y muy de vez en cuando gente.

    Las montañas que bordean la costa crean hermosos acantilados y ensenadas aun no exploradas ideales para el Surf. La costa sur de la isla desde el final del asfalto hasta Lacay Peak tiene más de 300 kilómetros de últimas fronteras, de imaginación y posibilidades. Tenemos que parar y extasiarnos con la belleza serena que nos rodea sin advertencia.

    Esta es tierra de caballos más que de vehículos a motor. Orgullosos jinetes, legendarias monturas que protagonizan las gestas de la tradición oral. Y es antes isla de camiones y motos que de automóviles. También lugar de accidentes espectaculares sin cobertura de prensa o televisión.

    Las sierras altas envuelven valles que en la estación seca mudan el verde lujurioso por un color pardo salpicado de monos cruzando la estrecha carretera. A veces atacan, otras solo miran indiferentes a nuestra caravana o escapan entre la espesura.

    Hacia las olas y ya sin hablar continuamos ruta esquivando el descarrile de un enorme camión, pueblos herméticos en su densidad inesperada, olores agresivos y búfalos suicidas. A cien mil años luz de la realidad prostitutas y técnicos occidentales juegan al billar bajo la luna que ilumina la carretera de una sola dirección y canciones MTV.

    La marea alta dificulta las cosas llegando a Scar Reef, se engullen las ruedas en arena húmeda y nos hacen caer. Descender la colina hasta la playa es toda una odisea solitaria con la mejor recompensa.

    Barcos piratas amenazantes llenos de filibusteros del Surf recorren las costas mientras los pobladores de la isla viven inmunes a su presencia. La sensación de invisibilidad continua mientras nuestros trajes de baño se secan al aire calido del on de roud. Mimetizados entre nubes de polvo arenoso, 100% tópicos free, recibimos la bienvenida de estas gentes sin prejuicios. 

    Aquí el arroz es importado de islas más húmedas, el pollo escaso y el pescado magro y sin especias. Todo es escueto y ajustado a lo necesario. Estrictamente maravilloso.

    Arrecifes en marea baja nos descubren vida extraterrestre: erizos gigantes de mirada tierna, serpientes de mar introvertidas, peces extravagantes y solidarios, texturas desconocidas. Los cofres llenos de oro y esmeraldas reflejan cada mañana la bahía durmiendo entre anemonas y corales. 

    Y sobre la orilla de naufragios y tesoros sumergidos olas orgullosas se estiran y enrollan, analfabetas, sin espejos. Ignorantes de si mismas. 

    Nos cambia la expresión al ver las ondas, no sabemos que gesto escoger para la ocasión y finalmente, sobrepasados por la existencia de la perfección, salimos al mar desnudos y en silencio. Hemos llegado.

    Estado de Transito - Lampiao y Maria Bonita

     
    Un tatuador se inclina sobre el brazo de su cliente en  Barra de Nexpa. Su mano enguantada en látex sujeta el bíceps con firmeza. La maquina chirría con ese ruidito irritante, se detiene a veces; el artista limpia con una gasa la tinta y algo de sangre, continua pisando un pedal en el suelo que comunica corriente eléctrica a las agujas.
    Poco a poco aparece sobre la piel un diseño de Lampiao, el cangaceiro del Sertao, y de su compañera María Bonita. Héroes populares, bandidos legendarios y romanticos que hasta casi la mitad del siglo veinte recorrieron el nordeste brasileño con su banda. Finalmente, en 1938, un ejercito de mercenarios a sueldo contratado por los hacendados y el gobierno les rodeo y asesino sin piedad. Sus cabezas junto con las de sus mas famosos lugartenientes fueron expuestas en la ciudad de Recife para escarmiento del  populacho que los había convertido en héroes. Hay fotos de su vida y de su muerte.
    Ahora, en el milagro sobre la piel, resucitan.
    Lampiao lleva gafas y María Bonita a su lado parece pequeña y vivaz. Es evidente que están enamorados. Sujetan dos perros de caza que posan también para la imagen.
    Apareciendo en un segundo plano respetuosos,  Corisco y otros cangaceiros de la banda sostienen sus fusiles vistiendo los uniformes diseñados por Lampiao. Los sombreros semicirculares inspirados en el napoleónico, adornados con estrellas y soles de metal. Las cartucheras cruzadas en el pecho y los pantalones bombachos embutidos en botas altas  de cuero con remaches.
    El turista que disfruta de la  costa del nordeste brasileño, desde el estado de Salvador de Bahía al de Maranhao, no imagina por lo general la sorpresa geológica que reserva el interior del país. Aquel que se adentra mas  allá de la estrecha franja de vegetación al lado del mar y sale del circuito turístico encuentra una enorme área seca, casi desértica, cruzada por agrestes sierras. El Sertao.
    Es el imperio de la Caatinga, un arbusto espinoso que simboliza el espíritu de esta tierra y de sus gentes.
    Veinte millones de brasileños comparten estos 800.000 kilómetros cuadrados de aridez con 45 especies de serpientes. El humedal, lleno de animales y vida, y  la Amazonia madre surcada por ríos caudalosos, enmarcan este suelo donde no llueve durante años.
    Pobre, heroico y agreste, el Sertao ha desarrollado toda una cultura, desde lo gastronomico a lo musical. Tuvo tradición como refugio de perseguidos y forajidos mucho antes de la época de Lampiao y es probable que la tenga aun hoy.
    Brasil fue el último país en prohibir la esclavitud. Casi  hasta el siglo 20 los portugueses y los criollos brasileños arrancaron de sus casas  a nativos de África y por la fuerza los obligaron a trabajar  aquí. Algunos de ellos se rebelaron.
    En los barracones de esclavos llamados Sensalas, donde familias enteras se hacinaban como ganado y donde nacieron la Capoeira y el Candomblé, germinó la semilla de la rebelión. Esclavos que escapaban siguiendo a caudillos propios, huyendo  hacia su libertad.
    El instinto natural les llevo al Sertao, la zona menos habitada, la mas difícil de recorrer en su búsqueda. Allí se les unieron mujeres y niños y  juntos crearon republicas libres, los Palmares.
    Tres generaciones nacieron entre las cercas de estas ciudades, cultivando y pescando, cazando y vigilando caminos y desfiladeros, batallando contra los ejércitos regulares.
    Organizadas y autónomas, simbolizaron para toda la población esclava una oportunidad de recobrar su dignidad perdida, una tierra prometida, la resistencia posible contra una sumisión forzosa.
    Tras varias expediciones de conquista fracasadas, los gobernantes fueron conscientes del  peligro que representaba la existencia de los Palmares para el estado de cosas que les  favorecía.  Armaron un ejército enorme, cuerpos mercenarios especiales e indios expertos en esos terrenos. Los cercaron uno por uno cortándoles el suministro de agua y alimentos, envenenando los arroyos que les abastecían, incendiando los pocos cultivos que aun quedaban a los sitiados. Asesinaron sin piedad a cualquiera  que intentase escapar, ancianos, mujeres o niños, robándoles la categoría de personas.
    Un jefe sobre los demás encarno a todos los que se rebelaron ante el poder esclavista del sistema. Se llamaba Zumbí de los Palmares y resistió hasta la muerte. Es todavía hoy símbolo de lo negro en Brasil, un país que presume de interracialidad pero donde solo un 4% de los universitarios es afro americano y en cambio el 85% de los habitantes de las cárceles es de color.
    El tatuador termina su trabajo. La memoria del Sertao, de Maria Bonita, de Lampiao y de Zumbi de los Palmares continua viva para todos nosotros.
    A pesar de todo.
     

    Estado de Transito - Guayakill

    Suena bien esa musiquita de reggae viejo que nos puso la Marcela.

    La cosa esta que invita, me tomo otro ron. ¡Que días locos, mai frien! Las gringas osadas se fueron ayer y dejaron buen sabor de boca y bermudas nuevas pa mi pana Jackson y pa un servidor. Prendas. Pues si somos lo que presumimos habrá que lucirlas con orgullo. Mira esta pulserita de la suiza aquella, no la empeñé ni cuando estuvimos con el monkey subido en el Guayas. Esto es plata meidin iurop.

    ¿Y ese ron, Marcelita? Esta rica la arena esta tarde, suenan mejor las olas y baja el licor calientito hasta las mismas almas. Simón. Esta buena la vida esta que nos tocó. Nacidos acá y de ninguna parte, que le vamos a hacer mister, guelcome tu soud América.

    Pasó antes Maradona a cobrar lo de estos días, se pone pesado el man con las cuentas, como vieja de ahorros, pero un día le trincaran y sanseacabó, amiguito. Deso seguro. Porque el chileno está que pasa con la moto día si y día también buscándole el flanco a ese diler y se lo va a encontrar. Yo por si acaso te veo mas tarde en lo suyo y no te gastes la parte, que nos cuelga de las huevas.

    Martinico ya se fue pa su tierra, eso me dijeron. No, no se si va andar mas la frontera con la vaina, esta la cosa muy dura, ñaño. Además se colgó de la cuchara. Y de mi hermano el pequeño ni me hables que le vieron ayer noche entre los turist gritando que si extasi, que si cocain, que si aspirin. Ya le topare yo a ese pendejo y le voy a enseñar a comportarse. Desde que no le agarraron pa lo de la selección de Surf se nos vino encima a lo monstruo.

    Ay Marcelita, que a cada trago estas más linda. Y si, que chucha, el diputado se la culea los wikends,  pero eso no hace a mas de que sea hembra de bandera.

    Anda broder, toma, ponte un pase y vuelve clin isgud, que tu eres de los que les cuelga el moco blanco al salir y van dando luz de dirty harry por el local.

    Esta bueno el reggae, mamazota, se ponga otro ron que hoy el mundo invita a vivir bonito.

    Estado de Transito - Iquitos

    Puede que en los últimos tiempos ellas vayan ganando…no lo se. Cada día repito las rutinas de siempre, afilar y engrasar los filos, caminarme el perímetro sin dejar de saludar a mis amigos y atento a cada avance de esas traviesas malditas. Es que las hay buenas y malas, pero vivas lo son todas, eso si.

    Me gusta mi trabajo, lo hago consciente del valor que tiene para la comunidad. ¡Que seria de Iquitos sin hombres como yo, que seria del desfile de cada mañana, del paseo con las señoritas, de los turistas! Por eso camino con la cabeza bien alta estas calles, soy conocido, ¿sabes?

    Casi me cuesta recordar cuando empezó esta aventura, esta guerra, y  me da miedo imaginar que será de todos cuando no pueda hacer mi labor. Los jóvenes no valoran hoy en día, no señor. Tuve la esperanza de que mi hijo Alfonso continuara mi tarea. Era fuerte y decidido, aprendió rapidito las rutas y los senderos, a medir con precisión los límites convenientes, los de emergencia en época de lluvias. Íbamos juntos cuando no tenia escuela desde que cumplio los 7 años. A el parecía gustarle acompañarme aunque nunca comento nada. Yo me limitaba a describirle en voz alta la tarea y en los últimos días ni eso hacia ya, la verdad. El sabia de sobra casi todo lo que había que saber. Pero era un niño…y eso la Pacha no lo perdona. Se cobro su sueldo, tuvo su ofrenda. Es de ley, no digo que no, pero la picadura de la serpiente es dolorosa y las convulsiones de un niño afiebrado en la noche se marcan en el alma.

    Quien me iba a decir cuando desembarque en aquel muelle embarrado que iba a significar tanto esta ciudad para mi. Yo que nací y crecí en el altiplano, entre vientos frios cargados de polvo muerto y líquenes congelados en las piedras. Tantos años aqui protegiendo a estas gentes hermanas del avance de lianas y arbustos, de la fotosíntesis imparable que devoraría a todos si no la detuviera cada día. Pero estoy cansado. Miro al mundo e intento verle la cara buena, desde siempre. Te juro que lo hago, querida. Sin excusas; era difícil aguantar este horror. Acabe viendo la belleza triste de las cosas feas. Y no es que sea un consuelo muy grande

    Sin embargo en casa, rodeado de las fotos que poco a poco se come la humedad, puedo encontrar hoy impulso para continuar. Esta en el pitido de la vieja cafetera, en los chillidos alocados de la televisión, en las páginas del calendario, en el rayo de luz que se cuela por las ventanas antes de que no se distingan rayos de truenos en el atardecer.

    Y así desde aquella mañana mis manos callosas ya ni sienten dolores al agarrar el machete. 

    No tenia nada en la cabeza al caminar los lindes húmedos del rio, acercándome al sendero de Tarapoto. Miraba sin ver, como casi siempre, el verde rizado de la cabellera de la tierra. Sonaba la selva como todos los días.

    Y ella apareció en un recodo, o siempre estuvo, no lo se. Es alta, morena. Sus cabellos caen suavemente ondulados sobre los hombros blancos. Su pecho es ancho, fuerte, denuncia un esqueleto poderoso, caderas tierra y labios cielo. Sus ojos me miraron un segundo y me traspaso una emoción, algo. No me preguntes, pero mi vida cambio en ese momento. Volví a nacer o desperté, había llegado.

    En la línea de su cuerpo vi el sentido, me anide en el brillo de su sonrisa , en su piel me desterré sin quererlo, en el sonido de su voz y en su aroma llore como un afeminado, como un hijo, como un volcán que escupe deseo, como una mitad que encuentra complemento.

    Ya no duermo apenas. Anticipo solo nuestro próximo encuentro. Sudo las noches agitado y no es de fiebre. O puede que si. Nadie lo sabe más que tu, que me lees ahora.

    A veces pienso en lo que dejo atrás pero solo por unos instantes. Además la canoa ya esta preparada. Mañana de mañana nos vamos para dentro, me llevo el rifle nuevo. Cuando me echen de menos, cuando vean el verde bajo sus pies en la plaza de armas, avisa  a todos de que  El Lindero se ha ido para siempre.

    Estado de Transito - Dos

    -Hola, soy yo, C. ¿Me abres?-  

    -Si, sube- contesto B.

    Crujían los escalones, el sudor de las paredes se leía en manchas redondas como tartas pasadas de horno. C. subió despacio. Afuera debía de ser sábado. Sentir cada paso, tomar aire, pensar en si esta cita es o no es una equivocación.

    Arriba  B. espera ya. Candados y relojes, llaves enormes de hierro forjado. Sobre la chimenea libros. La alfombra llena de pelos de perro. Espacio para la luz que entra por la ventana y baña los retratos de la pared. Los invento el, son apariciones en sueños de ojos abiertos.

    Veamos, un último repaso a todo: La colección de hojas secas y la de mariposas estan dentro de los cajones de la mesa; solo se enseñan a visitas VIP. Botellas vacías alineadas contra la cama y ceniceros llenos. Fotos de playas sin enmarcar y la tabla de Surf  guardada tras la puerta.

    C. siente ahora que quizás esten apresurandose, todo ha ido tan rápido. Se conocieron hace un mes por Internet y ella le prometió ir a verle antes de que se fuera a México. Hasta el mismo momento en que fijaron un día y una hora era una buena idea. Entender el mundo es algo tan sencillo. Esa famosa empatia.

    Esta frente al timbre, su mano se ha detenido en el aire antes de tocarlo, hay remolinos de emoción ciega, lloran vientos.

    La puerta se abre sola. Y nadie podría separar el abrazo de destinos que, a pesar de todo, ES.

    Estado de Transito - Last notes from Sylvia

    -"Hay que morir deprisa pero tarde"- Anónimo.

    10 0ctubre 2006

    ¡Kuala Lumpur me encanta! Al principio me pareció horrible tener que salir de Indonesia, dejar a todas mis amigas y volar sola a  Malasia para renovar el visado. Me canse de enviar mails quejándome a la agencia en Seattle pero todo fue inútil. Esta es la única opción que me dieron. Por supuesto ellos pagan los gastos del vuelo y el hotel, es su responsabilidad haber gestionado un visado de solo un mes cuando contrate vacaciones para dos. Además serán tres días nada mas y podré volver a Yakarta.

    La primera impresión que me causo la ciudad al aterrizar fue de prosperidad moderna, de caos y de mezcla. Algo similar a los States pero con ingredientes distintos. Por todas partes hindúes, musulmanes ortodoxos y asiáticos en vez de los afros, los chicanos y los blancos de nuestro país. Tenía la ligera aprensión de que siendo mujer, americana y además viajando sola las cosas podrían ponerse desagradables, pero todo fueron sonrisas desde el mismo taxi que me llevo a Chinatown.

    Mi hotel esta en el centro de este  barrio tan típico, entre antiguos almacenes coloniales ingleses, enormes rascacielos y templos de todos los credos. Es un edificio alto, de más de 15 plantas y desde las ventanas de mi habitación tengo una vista esplendida de la zona. Saque fotos en todas direcciones que mandare a Rose y Amanda en cuanto encuentre un buen cyber.

    Por la calle los puestos de flores y las humaredas de los restaurantes ambulantes se mezclan con el sonido del tráfico y con los  peatones que abarrotan calles y callejones. Hay bullicio y animación, nadie parece fijarse demasiado en los demás y abundan los mochileros de todas las nacionalidades. Encontré a un grupo de compatriotas de Oregon muy simpáticos, recién llegados de Tailandia. Cenamos juntos en un bar con decoración rasta, música nuestra y buenas mesas de billar. Fue divertido.

    Cuando regrese al hotel me sucedió algo curioso. No me había fijado hasta entonces pero en el ascensor hay una planta entre el piso dos y el tres que no tiene número sino una letra, se llama M. Un hombre de negocios japonés pulso ese botón y se bajo en ella. Por lo que pude ver a través de las puertas parece un piso como otro cualquiera. ¡Estos extranjeros! Tengo muchas ganas de volver a la residencia y ver a mis amigas otra vez.

    Por hoy me retiro, mañana será mi ultimo día en Kuala Lumpur y quiero aprovechar para hacer algunas compras y dar un paseo hasta las Torres Petronas.

    11  Octubre 2006

    Casi no encontré tiempo hoy para escribir algo en este cuaderno, ha sido un día  muy ajetreado y eso que solo son las 4 de la tarde. Me levante temprano y desayune en el buffet del hotel. Al bajar no pude evitar fijarme de nuevo en el botón del piso M. Esta vez nadie se detuvo allí. La comida era correcta aunque odio la manera que tienen aquí de cocinar los huevos fritos y las patatas.

    Cuando salí sin rumbo fijo ya había mucha gente en la calle y esquivando a unos y a otros pasee entre puestos de baratillo y de ofrendas para el templo hindú que se levanta cerca del hotel. Una mujer me dirigió la palabra frente a otro templo al que sacaba fotos, esta vez budista, pero ella no hablaba ingles así que le disculpe con gestos y continué caminando. Al llegar al cruce central de Chinatown ¡sorpresa! El mismo amable taxista que ayer me llevo al hotel desde el aeropuerto paro a mi lado y me saludo preguntando si quería ir a alguna parte. Es un verdadero consuelo ver a nativos que hablen nuestro idioma en el extranjero así que este hombrecillo oscuro y de bigote poblado me fue simpático al instante y subí a su taxi pidiéndole que me llevara a las Torres Petronas.

    En el camino disfrute de su charla y le conté quien era, que me había parecido mi hotel y la ciudad, expliqué que estaba de paso para arreglar lo del visado, que saldría mañana para Yakarta. El me contó de su vida, de su familia y su trabajo. Se llama Yasur y nació en Singapur pero lleva trabajando en Kuala muchos años. Se ve que ama a esta ciudad y que la conoce bien.

    Las Torres Petronas me gustaron, hice muchas fotos, pero, ¿realmente son las mas grandes del mundo?....

    Regrese con Yasur y comí en el restaurante del hotel. Aun era temprano así que tome una ducha y me cambie de ropa para dar otro paseo y conectarme a Internet para chequear el correo.

    Al bajar a recepción tuve una sensación extraña, me pareció ver a Yasur subiendo en otro ascensor, aunque cuando le salude con una sonrisa el pareció no reconocerme. Corrí a tiempo de entrar en el suyo antes de que se cerraran las puertas y le salude por su nombre. El, si es que era el, reacciono sorprendido y respondio en malayo dejando bien claro que no hablaba ingles ni me conocía. Bajo´ en el piso M.

    Por regla general no soy una persona curiosa o entrometida, pero hay algo en todo esto que me intriga. He tomado una decisión. Quizás no sea la mas adecuada, dicen que la soledad es mala consejera. Pero ¿Qué puede pasarme? Voy al piso M.

    Estado de Transito - De Escribir

    Cuando recibiste la llamada caían los primeros copos de nieve. Encadenabas palabras con el cuello agachado y por tu gesto al responder supuse que te molesto la interrupción. Desde la esquina no lo distinguí bien, juraría que te brillaban los ojos cuando viste quien era. Normalmente odias responder al teléfono si estas trabajando en tu novela; salir del mundo creativo y  regresar a lo cotidiano acentúa esas arrugas encantadoras de tu frente.

    Y es que ya son mas de dos años de inspiraciones arrebatadas, de arrepentimientos delete-all, de parir ese libro que viene con los pies por delante y sin pan bajo el brazo.

    Yo siempre he apoyado tu propósito en la medida de lo posible, pero en silencio. Respeto enormemente tu libertad de autora, los ritmos que tu misma te marcas e incluso los cambios de humor que sufro con el progreso de la historia.

    Porque creo en tu talento. Desde que te conocí, y parece que es desde siempre, has sido una gran contadora. Fabular y transmitir es tu naturaleza, tu don. Permanecer a tu lado nunca ha sido difícil a pesar de todo. También porque te quiero. He aguantado ausencias, repentinas euforias que dejan paso a una tristeza densa, los silencios.

    De tu libro solo escuche el titulo. Y me gusto: "No puede llover eternamente".

    Mi plato estaba vacío, me rasque la oreja mientras colgabas el movil. Despues, ya en la puerta, te volviste y me miraste de una manera extraña. Se me encogió el estomago.

    -Tranquilo Rex, mami sale un momento. No revuelvas y se un buen perro, ¿OK?-

    Sigo en la misma esquina. Han pasado cinco días. ¿Qué será de nuestra novela?

    Estado de Transito - Actor en Navidad

    Confieso que  me da vergüenza bajarme del escenario. Ser actor no es fácil.

    Ya se que debo pensar en mi. Claro, es lo que siento, lo mas natural. En mí y en mi familia y amigos. Y después en los pobres que veo en la televisión. En los yonkis y las putas que se esconden de la foto navideña.

    A veces al acabar la función me desmaquillan las lágrimas.

    La vida de mi personaje me interesa más que la mía. Cada vez más.

    No me llega este mes para comprar el Ipod nuevo y la nieve cae sobre los rumanos. Las canciones suenan bellas en mp 3 y Athletic 4. Sin dramatismos. Los vinilos de Coltrane siguen en su casa y a pesar de todo nos sobrevino otra navidad.

    Lo bueno es pura narcosis.

    En el final, tras el telon, pensare en el Google y en si figurare cuando me busquen otros idiotas. ¿Es eso la posteridad? ¿El más allá?

    Me invitaron a una línea y mi celu suena obsesivamente. Ya ni puedo contestar a tanto cariño. ¡Soy feliz! Además mis proyectos van camino de convertirse en realidad. Estoy más guapo. Casi no pienso en ella. Espero un golpe de suerte, que a golpes viene también esa pendeja.

    Si. Soy feliz, me he empeñado en ello. Que no se diga.

    Mañana actuo otra vez.

    Estado de Transito - El Impulso

    Abrazado a mi enésima palmera entrecierro los ojos al pesado viento de los calendarios. ¿Quién hubiese dicho que el infierno se puede disfrazar de trópicos y engañarnos con promesas de playas desiertas?

    Debería haberlo sospechado, Gauguin y Rimbaud dejaron pistas claras.

    Pero no lo hice; escuchaba discos, miraba fotos, hablaba por telefono y veia peliculas.

    Caminaba entre la gente por una ciudad extraña, el reflejo de los escaparates me acompañaba de reojo. Pisando fuerte iba. Salpicando en el ángulo equivocado la gota del charco que esta fría, joder, el invierno.

    Una sutil melancolía emanaba del serrín y las colillas en el suelo del bar.

    -Vamos- le dije -hagamos todas las muecas posibles-. Pero ella estaba aun mas perdida que yo y no podia oirme mientras se pesaba.

    Era todo momento sentido como un final.

    Considere un cambio como la única salida posible. Me canse de ver el cielo sin estrellas entre azoteas. Postales arrugadas en el suelo de la habitación, humos condensados en el deseo de salir de mi mismo, todo señalaba hacia el último sueño. Y así decidí este éxodo personal, este destierro afortunado en la franja ecuatorial, desde Cáncer a Capricornio.

    ¡Y que alegría de niño, que anticipación de bienestares!

    Como un rayo, imparable, borrándolo todo a mi paso, desmonte las claves de aquella vida. Grandes piras de fuego señalaron el triunfo último, la conclusión inesperada, la verdadera paz. Sobre las cenizas y las ruinas celebre meticulosamente la aniquilación.

    Y partí un amanecer, hace seis años ya, solo y lleno de fe.

    Estado de Transito - Casablanca

    -Haced el bien o el mal. Trabajáis para vosotros mismos.-  El Coran

    Casablanca, Darvida

    Como en  todas las ciudades a ras del asfalto se extiende un tierno desconsuelo. El taxista me deja en la plaza Mohamed V. La gente se cuza de aquí para allá con ritmos mestizos, gestos de una misma cara. Veo al Riente y al Accidente confluyendo en el mapa del centro. Coches y peatones vienen y van, soledades ambulantes de ojos cerrados.

    El ritmo acelerado de todas las cosas impide la pausa, la mirada perdida, el suspiro.

    Detrás de las cortinas continúa adivinándose la presencia de otros.

    Mohamed regresa en el autobús 17 de ver sus notas en la facultad. Hace calor y su expresión  es tensa. Por primera vez considera el casarse con una alemana.

    Latifa se ríe pero le duele. Bailaba encima de una mesa de billar cuando llego la gendarmería. Le llevaron a rastras hasta la playa. Al turista que estaba con ella no le hicieron nada.

    Mustafa, el portaclin de Bersairi, sonríe delante de una mesa con fruta, botellas de limonada y un pollo frito. Tras la cortinilla bordada su madre reza una letanía por la curación de su hermano Driss apuñalado en la calle.

    Estado de Transito - Road Movie 22

    Cuando salimos del cine ayer estrenamos la lluvia y anduvimos de la mano hacia el coche.

    Ahora conducimos, suena a pajaritos el limpiaparabrisas.

    Ella casi duerme a mi lado, apoyada en la ventana. Apago el cigarro, me froto los ojos.

    Drive in, live out.

    Es esta la carretera asfaltada en dos direcciones. Nos suenan hot news en la reidio. Ya se canso el predicador evangélico de sacar fotos a inditas, dicen. Violaron un policía motorizado cerca de Cusarare. Precisa atención sicológica. Échame a mi la culpa de lo que pase y cúbrete tu la espalda con mi dolor, mamazota.

    Humo, combustión y gasolina. Movimiento sedante, narcótico. Memoria. Imágenes del filme.

    Salían:

    -Autoestopistas que no son lo que parecen, drogas pasadas de moda, una puta en silla de ruedas, algún chaman falso, cambios de clima ilógicos, apariciones con y sin mensaje, mutantes mujer cabeza de coyote, un strip table dance pero bien de la raza.

    -Camas desechas todavía tibias. Un entierro pasando por la calle. Símbolos y augurios que sabemos interpretar o no, tiroteos varios en los que participamos a veces, accidentes de tráfico, atropellos crueles, un espejo.

    -Botas vaqueras sucias y muy usadas, un chicle que se pega a la suela visto desde el nivel del asfalto. Botellas de sotol y la cámara mirando a través de los vidrios, ojo de pez, control de policía.

    -Alguna colección inusitada y un inesperado coleccionador. Varias negronas. Televisión, melancolía del objeto jamás comprado esperando en la vitrina, políticos extraterrestres. Teléfonos móviles, celulares satelitales. Calendarios, relojes, medida del tiempo, cuenta atrás, destino.

    -Un taller mecánico, el cementerio de los trailefantes, un desguace de carros. Una foto del papa. Maletas viejas, dos playas.

    -Fuego y oraciones, ceremonia ritual, conjuro, brujería. Las señales de tráfico como código secreto. El Dj invidente.

    -Lentamente, casi en cámara lenta, vemos al protagonista desvanecerse en una niebla violeta y parra.

    Tus gafas de sol rotas y arregladas con cinta se inclinan hacia un lado de la cara. Paro a repostar en una gasolinera y me dices al subir la ventanilla:

    -“El arte es morirte de frío”.-

    Estado de transito - La Ticla

    Es la temporada más cálida y el viento sopla tan fuerte al mediodía que hasta  a los pelícanos les cuesta sobrevolar la orilla para hacer sus picados.  Nadie camina por la playa castigada por el sol y el viento a esas horas; en la soledad desierta de arena brillante  las tensas hamacas  imitan paracaídas.

    -“El mundo es de los alegres, hay que pensar positivo....Cuando la huesuda llegue la invitaremos a un vino, con suerte y  se nos embebe y se le olvide a que vino”-. Escucho a  Los Tucanes de Tijuana preparando una tabla de surf nueva antes de entrar al agua. Darle parafina por primera vez tiene  algo de avance sexual. Acariciamos lo nunca antes acariciado, dejando marca. Además esas caricias casi eróticas son previas al acto, prolegómenos, calentamiento: tumbarse sobre ella es solo cuestión de minutos.

    Para llegar hasta las olas tengo dos opciones, la corta y difícil o la larga y mas relajada. Como casi siempre el Surf resulta una metáfora perfecta de la vida. Elijo la última y remo  en el agua tibia hasta situarme cerca del lugar donde rompen mejor las series. Busco un punto intermedio entre el respeto a la jerarquía territorial de los locales y mi habilidad comparada con la de los que he distinguido al entrar. Espero mi onda después de disfrutar de la panorámica del continente desde el mar; una belleza solo regalada a la hermandad de la costa, surfistas, navegantes y pescadores. Vemos las casas, los caminos, las figuras que caminan de un lado a otro por ese mundo de tierra como si no perteneciéramos y esa distancia abre nuevas sensibilidades, relativiza  la importancia de hábitos y costumbres aceptados por el grupo que allí adelante arrastra sus pies y sufre la fuerza de la gravedad.

    Observo también a los que flotan sobre sus tablas a mí alrededor, componiendo una imagen de la personalidad del lugar, de su fauna. De la misma manera que cada ola tiene sus particularidades respecto a otras, el grupo de habituales que se desliza sobre ella es diferente y  contribuye a dotarla de una personalidad única. Sus actitudes dicen tanto sobre ese sitio como las que distingue el clima o el paisaje.

    Entre gringos con la cara blanca cubierta con bloqueador solar, licras nuevas de marca y tablas expresamente compradas para el viaje, distingo a locales de piel oscura, tablas amarillas y viejos trajes de baño. Fluyendo sección a sección, conociendo la ola y el fondo que la produce como solo puede hacerlo un hijo de los pescadores de ahí enfrente. Locales que hasta hace poco se conformaban con recoger los pedazos de una tabla partida, a los que era fácil hacer felices regalándoles una pastilla de cera o una camiseta usada. Que observaban con respeto  y admiración a los extranjeros rubios llegados de lejos, llenos de glamour y material deslumbrante.

    Pero ahora, sin saber nada de historia, política o economía internacional, esos nativos reclaman su dignidad desde las venas abiertas de Latinoamérica y desde cada país de esos que llaman en vías de desarrollo. Corriendo las olas con una energía nueva nacida de  tomar conciencia de la desigualdad brutal. Just Surf Guerrilla. En el pico, los hijos de la mala suerte, los que viven en el lado mas triste de la película global, de ese verano interminable que nos venden a todos, encarnan el verdadero espíritu del Surf y salvan el alma del deporte en cada sesión. Su línea por lo general es mejor, mas rápida y  mas armónica.

    Me llama la atención sobre todos los demás surfistas un capitán melenudo de viejo barco y barba hisurta, a falta de parche en el ojo para ascender a bucanero. Esta concentrado aunque parece poco satisfecho hoy. Grita a veces expresiones de disgusto en ingles y se desliza con una sorprendente energía y elasticidad para la edad que aparenta. Este Quijote de Rocinante acuático y mirada clavada en ballenas imaginarias lleva en ausencia de Sancho unos guantes de palma de pato como escuderos. Quiero creer que aunque remo a su lado sin hablarle él reconoce la presentación de respetos en mi mirada.

    Mas tarde paseo descalzo por la pista de tierra desde las palapas de madera y palma hasta el centro del asentamiento indígena. Es placita urbanizada con flores y una baranda rodeada de caos y vida en estado puro. Muchachas caminando en grupo alrededor del perímetro seguidas por la mirada y los comentarios de los grupos de varones solteros. Se escuchan risas. Abuelos tertuliando en la sombra con el respeto de la comunidad y la falta de miedo escrita en las arrugas de su frente. Humaredas de fritos llegan volando con aromas de carne y pescado. Un coche bajo la buganvilla en flor abre sus puertas para que la música sea de todos. Aquella mujercita camina hacia ti con las bolsas de la compra regresando de la tienda, un pequeño local con nevera y cerveza helada a discreción. Mueve las caderas al ritmo natural del planeta cuando pasa, aunque no te mira hasta que tú apartas los ojos.

    Me encuentro en la terracita de este mercadillo al viejo filibustero que llamó mi atención en el agua. Esta sentado en una esquina de la gran mesa de madera con su aspecto de surfista andante deshacedor de entuertos. Charla con un niño que sostiene algo entre los brazos. De vez en cuando ríe fuerte dejando ver los espacios entre sus dientes. El niño también ríe y acaricia lo que parece ser una especie de roedor grande asomando su cola blanca y gris. Tiene el pequeño esa edad en que todos los hechos quedan marcados en nuestra memoria, esa infancia de ojos abiertos. Escuche una vez que a partir del día en que nos masturbamos recordando para excitarnos en vez de imaginando comenzamos a ser viejos.

    Me siento al lado de esta extraña pareja con una cerveza, curioso. Saludo y comienzo por comentar la sesion de esta mañana. -“Mucha cruda, hangover, no buenas olas”-  me dice el viejo pirata, que se presenta como Aarón Green, de la Columbia Británica, en el sur de la costa oeste de Canadá. Parece que el niño insiste en pedir prestada su tabla  tirandole del brazo, pero él le rechaza amablemente. Sonríe pelo de alambre y saca de debajo de su camiseta una rama acabada en un enorme arbusto de mota.

    -“100 pesos señor, solo 100 pesos. ¿Vas a querer?”- Sus ojillos achinados se estiran acariciando el tejon que sostiene pegado al pecho. Aarón parece  feliz aquí, contándome que la mascota se llama Bilbo y que no sabría decir cual de los dos es mas sinvergüenza, si el animal o el niño. Por sus historias en el porche de la plaza pienso que probablemente es el surfista canadiense  con mas kilómetros de exploración  que he conocido. Le invito a otra cerveza negra modelo y le señalo la herida de su mano.

    -“Ha sido cortando matos”- me contesta –“Con el machete. Pero no es nada comparada con aquella herida en el pie que se me infecto en Brasil hace ocho años, aquello si que fue duro”- Me enseña una cicatriz  grande y redonda bajo la sandalia y habla con aspecto de oráculo. Todo comenzó  allá por mediados de los años noventa cuando en el  barrio  del Pelourinho  en Salvador de Bahía  alguien le habló entre batucadas y fumasa de maconha de un pueblo en el sur del estado. Era un descubrimiento que parecía ser el nuevo paraíso. Se llamaba Itacaré. Así que este canadiense incansable fue allí cargando su tabla y su mochila.

    El asfalto llegó a Itacaré apenas unas semanas antes que Aarón Green. Representó el final de un estado de cosas y el comienzo de otro. Del barrio de Marimbondo al del Porto de Atrás, de Pasagem a Pituba, volando por la orla, un aire nuevo agitaba la ropa secándose al sol, las amarras de los barcos y los banderines de fiesta colgados en las calles. Azul la pequeña iglesia de San Pablo, azul la figura de Yemanyá en las procesiones, azules el mar y el cielo sobre todas las cosas. Capoeira bajo el arco iris en la boca del río, en las playas rodeadas de bosque atlántico, para los delfines. A la salida de la escuela rodeaban a Aarón Green coletas con lazos de colores, gritos, pieles morenas y negras que brillaban al sol, cuerpos cimbreantes corriendo con la cartera a la espalda. A la sombra del árbol de Yaca, con ramas enormes que sostienen sus pesados frutos, se tertulia como siempre la pesca y también se comenta ahora que a la Rubia y al Matheus  les compraron parte de su tierra al lado del mangue y que el borrachín de Ze Pretinho cambió por una televisión en color y unas botellas de whisky el coqueiral de la playa de Enginhoca, a pesar de tener 4 hijas y 3 hijos viviendo juntos en casa y durmiendo en suelo de tierra. Cada año llegan mas gringos a Itacare, ¡hasta israelitas han conocido!  Están aprendiendo muchos nombres nuevos de países que ni con la copa del mundo de fútbol habían oído antes.

    Hace mas de 15 años Fadul fue el primer surfista  que llegó de la capital a correr las olas de la Prainha y la Tiririca. En esos tiempos se tardaba mas de dos días en llegar desde Salvador, atravesando  80 kilómetros de bosque atlántico virgen sin carretera, viniendo por Ilheus, al sur. Por el norte esta la barrera del río y en la otra orilla la península de Maraú, una lengua de tierra casi deshabitada que crea un mar interior y cierra la cápsula que aisló el pueblo tantos años.

    Fadul llegó y no trajo con el mas que a otros de su calaña: melenudos que pasaban el tiempo en las olas, que bebían agua de coco y fumaban maconha a todas horas. Es conocida la leyenda de uno de ellos, detenido por alboroto una temporada, saliendo de su celda abierta a surfear cada mañana y regresando con la tabla a dormir entre rejas. Buena sangre, como dicen allí. Pero las cosas no continuaron así mucho tiempo. Los recursos de Itacaré no habían sido debidamente explotados aun.

    Los pescadores que sostenían sus largas cañas en los extremos de la cala le avisaron. Aun así el canadiense se sorprendió cuando la manta raya le apuñalo el pie. El dolor tardo unos segundos y fue derecho a su cerebro. Le doblo sobre la tabla, congestiono su expresión. De ahí en adelante dos días retorciéndose por  la infección y el delirio de la fiebre. Tiritando de frío a 40 grados bajo el sol, viendo el mangue discurrir como bandas verdes  a los lados del cielo azul. A veces unos pelícanos o  unas gaviotas que cruzan le hacen parpadear. Aarón sabe que esta ascendiendo por el río, recuerda  que los pescadores le recogieron en su cabaña hecho un ovillo, sin fuerzas y gimiendo de dolor, cree que van a curarle. Entre espasmos y sujetando su pie negro le tumbaron en una cama de redes y ahora escucha el agua quebrándose en la proa de madera del barco, la charla suave de los hombres en portugués y siente la palpitación de la herida. ¿A dónde vamos?

    ¿A donde puede ir un Itacaré golpeado de pronto por esa plaga que llaman globalización y desarrollo? Los nativos vendieron en poco tiempo sus tierras por nada. Felices y fieles a su filosofía de vida al ritmo de las mareas, gastaron en cosas bonitas el dinero sin preocuparse. Cigarras del cuento. Pronto crecieron a su alrededor hoteles y posadas, sofisticadas tiendas y casas de veraneo, bares y terrazas. Los coches circulaban rápido por el empedrado de las calles que  habían sido prácticamente peatonales durante mas de dos siglos. La orla del paseo marítimo  apesto como nunca lo había hecho por los vertidos de los hoteles. La cocaína circulaba tan rápido como los paulistas en sus automóviles. Sin preparación, los habitantes quedaban excluidos de este desarrollo, de esta explotación. Nadie les enseño idiomas ni informática, no aprendieron a servir una mesa ni a cocinar recetas de hotel, nunca imaginaron trabajar como recepcionista, camarero o guía. Mucho menos pensaron en transformar sus tierras en hoteles, en talar, excavar, asfaltar y construir. El tren del progreso pasa a su lado arrasándolo todo y les deja atrás. Son los perdedores en esta partida con cartas marcadas.

    Las hijas y los hijos de los que vendieron tan barato el mundo en que nacieron  no quieren pescar en el barco de sus padres ni recorrer el mangue en marea baja buscando cangrejos. No quieren desmatar bosque o plantar mandioca. Han conocido de cerca un nuevo y deslumbrante ritmo de vida. Admiran oleada tras oleada a esos turistas que permanecen 15 días o un mes a lo sumo, que se levantan tarde  y vestidos de exóticas ropas de marca, desayunan zumos en la terraza del hotel y pasan el día en la playa, la tarde de siesta y la noche de fiesta. Ahora también los jóvenes nativos se dirigen a las playas caminando con aire afectado entre el verde, vestidos con restos de ropa regalada por los turistas, una gorra de marca, unas gafas de sol viejas, un discman robado, una tabla de Surf partida y arreglada. Empeñados en una patética imitación del forastero y desdeñando la vida heredada de sus padres y madres. Todo se vende entre amistades fugaces, amistades turísticas. La dignidad lo primero. Acompañantes temporales, parejas de fiesta, almas gemelas durante dos semanas se convierten en madres solteras, adictos a la coca o ladrones.¿Que importa? Prostitutas desengañadas a los 18 años después de ver marcharse con sus promesas a tanto embajador sonriente del primer mundo. Craqueros muertos en vida que antes fueron  los niños sonrientes  que esperaban los autobuses para ofrecer hotel o llevar las maletas. La cara amarga de un paraíso turístico.

    Y río Itacaré arriba, navegando a este gringo que suda y delira en el trance de la fiebre, el grupo se dirige hacia el Quilombo. Fantasmas de Indios, esclavos negros y hacendados del cacao flotan por el mangue, en las antiguas tierras de los liberados, de los que escaparon del éxodo y las cadenas. Aquí aun se degüella la gallina a los pies del Preto Velho, se alcanza el éxtasis, se corre con los pechos al aire y los ojos en blanco, se ensucia la inmaculada ropa del Pae de Santo en el barro. Los orixas acuden al terreiro, se lanzan los buzios y se canta a Oxum y a Oxala. Esas noches las canoas bajan silenciosas hasta el embarcadero del puerto de atrás. Las miradas de los hijos de Zumbí de los Palmares brillan en la oscuridad como antorchas para quemar el Sensala.

    Aarón despierta y puede ver que es de noche y distinguir a su alrededor velas encendidas de distintos tamaños. Intenta incorporarse y siente aterrorizado que esta atado al camastro en esta habitación extraña de suelo de tierra y paredes de barro. Definitivamente esto no es un hospital, no reconoce los platos con collares y conchas ni el gran  retrato apoyado en el suelo rodeado de cirios. Es la imagen de un hombre de color que fuma en pipa, con barba y camisa de rayas. Se escuchan tambores de ritmos monótonos y a veces algún canto incomprensible llegando desde fuera. Intenta gritar para ser liberado pero ningún sonido sale de su boca, su garganta parece estar muda. El miedo es una sensación física tan fuerte entonces que no siente el dolor de la herida. Sombras bailan en las paredes, olores extraños le marean. Se repite que esto no puede suceder, que es una pesadilla, que debe reaccionar y despertar. Con un esfuerzo sobrehumano se arrastra y consigue apoyar los pies en el suelo. Respira y se toma mas de quince minutos preparándose para el salto que le coloca de pie  frente a la rendija de luz que señala la puerta. Aunque lo intenta con todas sus fuerzas no consigue avanzar.  Permanece incapaz de gritar, en posición de caminar pero detenido en medio de la cabaña. Una fuerza invisible parece retenerle y empujarle contra la pared que tiene detrás. Una energía que finalmente le proyecta contra el tabique de barro. El ser consciente en todo momento de lo que esta sucediendo y el no poder actuar esta destrozando los nervios del canadiense, que siente la orina deslizándose por las piernas. Pero todavía se sorprende mas cuando esa fuerza le levanta a un metro sobre suelo y parece tirar de él hacia la oscuridad de la noche, mas allá del techo de la cabaña, a la penumbra. Aullidos mudos de sorpresa y miedo, peticiones de ayuda, mueren en la garganta de Aarón Green. Durante unos minutos que le parecen siglos lucha con la voluntad que aun le queda contra esa vibración, con los ojos desorbitados, estupefacto. Por fin, vencido y superado por lo que sucede, se relaja y deja que su cuerpo vaya sin resistencia. Al contrario de lo que esperaba cae al suelo con un ruido sordo y las fuerzas justas para reptar hasta la cama y dormir profundamente, agotado.

     Cuando Aaron despertó, de vuelta en la hamaca de su cabaña, no tenia fiebre y la herida del pie comenzaba a cicatrizar. Junto a su tabla había un cesto con flores secas, velas consumidas y un collar de conchas. El mismo collar que se agita en su cuello ahora, cuando corre tras el niño nativo entre carcajadas por el parque de la Ticla.

    Estado de Transito - Michoacan

    La carretera de la costa continúa serpenteando entre las montañas y el mar. Sube y baja esos ciento cincuenta kilómetros de estrecho asfalto entre la Ticla y la boca de Nexpa  como un gusano perezoso. Tan pronto al borde de acantilados que descienden casi en picado hasta el  mar como de calas de arena sin pisar. Muy pocos pueblitos donde repostar gasolina o comprar víveres pero en medio de las curvas boscosas aparecen de vez en cuando grandes mansiones valladas, haciendas del dinero verde, de los capos de las mafias de la marihuana y la coca. Plantaciones serranas aisladas entre valles y camufladas por la vegetación nativa dan de comer a muchas familias y alimentan también leyendas y corridos. Patrullas del ejército en camiones descubiertos se cruzan conmigo a gran velocidad. Rostros indios bajo los cascos sostienen armas de repetición, salvando las apariencias de control de tráficos de armas, drogas e inmigrantes en Michoacán. De cualquier manera resulta un agradable placer el volver a conducir descalzo y sin camiseta.

    Mientras la brisa del mar me acaricia y la música  de Nortec invade el espacio a la altura de la playa de Maruata, pienso en las clikas de cholos, en las pandillas que proliferan los barrios de cada ciudad, en la mara salvatrucha, en las mexican mafias de Estados Unidos y México. Recuerdo a los vatos vendiendo cristal en esquinas de Mexicali o Santana, en Austin  o Guadalajara. A sus padres trabajando en las cadenas de montaje, las maquiladoras, fabricando módems o teléfonos portátiles para los USA a cambio de sueldos ridículos. Pienso también en el comandante Marcos, en el PRI y en el PAN, en Cantinflas, en el Chavo  del ocho y en María Félix, en Buñuel y en los muralistas. Me acuerdo de la madre que los parió a todos, a los clavadistas de Acapulco y a  Diego Rivera, a Zapata y al Presidente de la Republica, a los taxistas chilangos y a los incas disfrazados de Chichen Itza. Escupo por la ventanilla asqueado  por la gran farsa de la civilización humana, este circo de contradicciones que se sostiene con la mentira, la resignación colectiva, la avaricia y el miedo.

    Me llevan a Nexpa historias borrosas  empujándome desde el fondo de la memoria.  Menciones aisladas de ese nombre, tópicos del paraíso buscado. Olas. Anticipo posibilidades y calidades, grados de perfección entre comillas. Sigo mi camino elegido, al que puse corazón, el que justifica este movimiento hacia el destino inventado. Es un objetivo inofensivo lleno de deseo y pasión por la vida; pienso que enriquece la atmósfera. Oí decir que cada pensamiento positivo que sentimos sube al cielo y contribuye a cerrar el agujero de ozono.

     La heroicidad de este viaje no esta en los records, la dureza del recorrido o los contratiempos encontrados. La heroicidad no existe en este viaje. Se trata tan solo de la anónima decisión de marcar una mitología personal y recorrerla, de emplear tiempo e impulso en algo de antemano condenado al fracaso desde el punto de vista práctico. De ser utópico en la acción, de contradecir la lógica racionalista y el sentido común en pro de la poesía y  de los absurdos cotidianos. Brindar una vez mas por los iluminados y sedientos, por los locos. 

     Un  tatuador se agacha sobre el brazo de su cliente en Nexpa.  Su mano enguantada en látex sujeta el bíceps con firmeza. La maquina chirría con ese ruidito irritante, se detiene a veces, el artista limpia con una gasa la tinta y algo de sangre, continua pisando un pedal en el suelo que comunica corriente eléctrica a las agujas. Va apareciendo sobre la piel un diseño de Lampiao, el cangaceiro del Sertao y su novia María Bonita. Héroes populares, bandidos legendarios que hasta casi la mitad del siglo veinte recorrieron el nordeste brasileño con su banda. Finalmente  en 1938 un ejercito de mercenarios a sueldo contratado por los hacendados les rodeo y asesino sin piedad. Sus cabezas junto con las de sus mas famosos lugartenientes fueron expuestas en Recife para escarmiento del  populacho que los había convertido en sus héroes, muy a pesar de lo que las clases pudientes deseaban. Lampiao lleva gafas y María Bonita a su lado parece pequeña y vivaz. Es evidente que están enamorados.  Sujetan dos perros de caza que posan también para la imagen.  Apareciendo en un segundo plano respetuosos,  Corisco y otros cangaceiros de la banda lucen los uniformes diseñados por Lampiao. Los sombreros semicirculares inspirados en el napoleónico, adornados con estrellas y soles de metal. Las cartucheras cruzadas en el pecho y los pantalones bombachos embutidos en botas altas  de cuero con remaches.

    El turista que disfruta de la  costa del nordeste brasileño, desde el estado de Bahía al de Maranhao no imagina por lo general la sorpresa geológica que reserva el interior del país. El espíritu curioso que se adentre mas  allá de la estrecha franja de vegetación al lado del mar y salga del circuito turístico encontrara una enorme área seca, casi desértica, cruzada por agrestes sierras. El Sertao. Es el imperio de la Caatinga, un arbusto espinoso que simboliza el espíritu de esta tierra y de sus gentes. Veinte millones de brasileños comparten estos 800.000 kilómetros cuadrados de aridez con 45 especies distintas de serpientes.  El humedal lleno de animales y vida y  la Amazonia madre surcada de ríos caudalosos enmarcan esta tierra donde no llueve durante años. Pobre, heroico y agreste, el Sertao tenía ya tradición como refugio de perseguidos y forajidos mucho antes de la época de Lampiao y es probable que la tenga aun hoy.

    Brasil fue el último país en prohibir la esclavitud. Casi  hasta el siglo 20 los portugueses y los criollos brasileños arrancaron de sus casas  a nativos de África y por la fuerza los trajeron y obligaron a trabajar  aquí. Algunos de ellos se rebelaron. En los barracones  llamados Sensalas donde familias enteras se hacinaban como ganado y donde nacieron la Capoeira y los ritmos cálidos,  donde los espíritus africanos se fusionaron con los santos y santas católicos en un candomble liberador, germinó la semilla de la rebelión. Numerosos esclavos escapaban  siguiendo a caudillos propios huyendo  hacia su libertad. El instinto natural les llevo al Sertao, la zona menos habitada, la mas difícil de recorrer en su búsqueda. Allí se les unieron mujeres y niños y  juntos crearon republicas libres, los Palmares. Tres generaciones nacieron entre sus cercas, cultivando y pescando, cazando y vigilando caminos y desfiladeros, batallando contra los ejércitos regulares. Organizadas y autónomas, simbolizaron para toda la población esclava una oportunidad de recobrar su dignidad perdida, una tierra prometida, la resistencia posible contra la sumisión forzosa. Tras varias expediciones de conquista fracasadas,  los portugueses fueron conscientes del  peligro que representaba la existencia de esas ciudades libres para el estado de cosas que les  favorecía.  Armaron un ejército enorme, cuerpos especiales e indios expertos en esos terrenos. Cercaron los Palmares uno por uno, cortándoles el suministro de agua y alimentos, envenenando los arroyos que les abastecían, incendiando los pocos cultivos que aun quedaban a los sitiados. Asesinaron sin piedad a cualquiera  que intentase escapar, ancianos, mujeres o niños, robándoles la categoría de personas. Un jefe sobre los demás encarno a estos supervivientes que se rebelaron ante el poder esclavista del sistema. Se llamaba Zumbí de los Palmares y resistió hasta la muerte. Es todavía hoy símbolo de lo negro en Brasil, un país que presume de interracialidad pero donde solo un 4% de los universitarios es afro americano y en cambio el 85% de los habitantes de las cárceles es de color.

    El tatuador es mexicano, de Guadalajara. Hace diez años que llevado por su sed de aventuras y su adicción  al Surf se vino a estas costas. Habitualmente deambula según la estación y las marejadas entre los estados de Oaxaca,  Guerrero y  Michoacán. No es un mal trozo de costa para quedarse anclado, pienso. Se llama Peter. Por lo que se ve su pequeña cabaña de madera a la orilla del río es el centro de la agitación alternativa en este lugar. Si es que algo así existe en la barra de Nexpa. Para llegar hasta ella atravesé extraños híbridos entre vegetación y autos americanos customizados cerca de la punta donde rompen las olas. Algunos gringos entrecanos y bronceados guardando sus tablas me miraron de reojo y otros me saludaron levemente al ver mi matricula con placas de California. Distinguí entre las palmeras y los juncos del río la barra dando olas de calidad en media marea. A pesar de ser casi las tres de la tarde  el día es tranquilo y no sopla viento. Hay una docena de surfistas en el agua.

    Peter termina el diseño sobre piel con la memoria viva de Lampiao y María Bonita. Sentado entre sus utensilios de tatuaje y de Surf, olvidado del mundo urbano, parece un guru al estilo de los años sesenta. O un chaman del siglo 21. A través de la tinta en la piel quiero creer que transmite mensajes a sus clientes. Peter se relaja y habla mucho y bien. Habla de sus clientes típicos y no tan típicos, de sus encargos mas habituales y de los que hasta a él sorprenden. Muestra fotografías y recuerda leyendas reales  que hicieron Nexpa.  Cuando le pregunto sobre la barra, sobre el dueño de estas tierras en la desembocadura, se toma su tiempo para contestar sentado en el porche de su cabaña.