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    Estado de Transito - From Bali High to sinking Venezia

    Dulce, untuosa, la atmosfera de esta isla me esta matando de placer, belleza y contradicciones crueles.
    Hoy mas que nunca las palabras que escribo aqui constituyen un diario.
    No corrijo, dejo a mis dedos fluir torpemente pero sin pausa sobre el teclado en este momento. Solo me detengo para beber otro trago de la cerveza tibia que me acompanya.
    Desde el corazon de las tinieblas, de mis propias tinieblas, encarno esta manyana en Bali la paradoja general y tambien la particular.
    Mi nombre es Marcello. Mi ciudad se hunde, en el otro lado de nuestro planeta.
    Algo hay en mi estado de animo producido por el hastio que me contagia la mediocridad ignorante de las masas turisticas. !Vaya concepto, que palabras!, me sobrepasan.
    Y algo hay tambien de lo ocurrido ayer.
    Ni siquiera abri antes las noticias de Venezia, de mi hogar, que cada dia leia con fruicion. Estoy desconectandome a proposito y ellas dos han sido las primeras victimas de mi mismo. El hundimento, creo, es inevitable.
    Se marcharon, mi mujer airada, con nuestra hija en brazos. Posiblemente regresaron al pueblo de sus padres, en el norte de la isla. Lo desconozco.
    No es esta una nota de despedida, al menos no intencionadamente. Solo el buceo de un diletante en las melancolias del viaje. Una descarga necesaria, un monologo esteril.
    Contemplo, embriagado casi siempre, el discurrir de las rutas, el hormigueo ciego de estas personas. Tambien la pesada ironia y la paciencia de los locales, resignados a una postura mezcla de reserva y servilismo.
    No hay casi nada honorable en esto, ni siquiera en mi conciencia de todo ello.
    Un sacrificio ritual de mi alma aqui seria inutil, pasaria desapercibido e incomprendido. Representaria por encima de todo un imperdonable acto de vanidad.
    Pero sufro, algo en mi se ofende profundamente y al mismo tiempo se deleita, siento tristeza, me confunde el sopor afilado de estos dias.
    Escucho el sonido del agua en una fuente, las carpas se mueven eternamente en orbitas aleatorias, ajenas a todo, puede que sagradas . Su mensaje, su testimonio esclarecedor, escapa a nuestra percepcion. Hemos perdido los codigos de ese lenguaje hace siglos. Quizas nunca los poseimos.
    Se que el Samsara va hacia alli. Yo, por mi parte, bebo otro trago de la cerveza local y respiro el humo de mi cigarro.
    Y aun asi, milagrosamente, cada manyana se renueva el milagro de la vida.
    La madre que dispone las ofrendas en los templos de mi casa camina sosteniendo la bandeja llena de flores y frutas, humeante de inciensos. Dos australianos pasan en moto por la carretera, veloces y semidesnudos, intoxicados. Gritan.
    El calor, la luz, el ritmo del tiempo, son diferentes, de un misticismo corrupto, crudo, muy del siglo 21.
    La esclerosis de las corrientes de energia opuestas que se mezclan aqui. La muerte, la vida, otra vez la muerte.
    La ligereza, el spleen, la naturalidad atemporal de los preceptos basicos de la vida, la sofisticacion sencilla.
    El sudor, el brillo de pieles embadurnadas en crema bronceadora, las palmeras reflejandose languidas en  la piscina.
    El alcohol bendito, la soledad, y tambien tu ausencia.
    Paciencia, Tolerancia y Comprension, segun Budha, son las tres mayores virtudes que una persona puede adquirir y cultivar a traves de su vida.
    Hasta pronto, siempre, y gracias
    Bali, 27 spt. 2008 
     
     
     

    Solo Contando

     
    Hoy el viento inclina las ramas de los arboles.
    Las mece como si fuesen algas.
    Brama y transforma el ambiente en algo casi submarino.
    la luz parece filtrada en agua salada y acaricia con dedos liquidos las primeras flores.
    Los perros de la vecindad se recojen, se abrazan en una bola de pelo y ojos entrecerrados.
    Los pajaros estan en huelga.
    Con todo el anhelo romantico de sentir en la naturaleza un espejo de mi alma, puede que solo con un temperamento atmosferico, camino unos pasos para que me abrace el aire.
    ¿Pues que le queda al poeta sino buscar donde otros pasan de largo?
     
     
     

    Estado de transto - Makassar

     Makassar endulza el transito del guia con caricias de niña sabia. Con la clase de mil generaciones abiertas al mar y conscientes de si mismas.
    En atardeceres que miman las calles, que confortan al bechat* protejiendolo de la desesperacion. Porque esta ciudad extrema esta bendecida con la falta de ansiedad y con la fe en la vida.
    Se siente en las risas de patio, en el caos armonisoso del trafico, en el ritmo vital de sus habitantes.
    Peligrosa ciudad maquillada de camino. Infierno del paseante, tentacion sedentaria.
    Sabia ramera amable y de buena salud, recien despertada a cada nuevo dia y que estalla en carcajadas al ver nuestro desconcierto inocente de viejo joven.
    Una cuchillada triste se agazapa quizas en la cancion que sale de un portal; un empujon sorpresa hacia donde no suponiamos ir esta en la sonrisa de un niño.
    En el brillo de los ojos de una muchacha cualquiera ofrece Makassar misterios de siglos pasados y futuros.
    Aqui se templan las pasiones sin perder nada de su profundidad.
    Tocada de lo asiatico, de lo polinesio y sobre todo de lo portuario, esta Tanger casada con Guayakil tiene los ojos rasgados y la piel suave de la cabeza a los pies.
    El dia pasa como un tramite para esas noches, la noche es madre de sus atardeceres.
    Embriagadas en ella, borrachas de una especie de Makasaridad, las almas pululan.
    Discreta concubina, la ciudad nos ofrece la mano timidamente bajo la mesa mientras un destello carnivoro de perpetuacion de la vida refleja las bombillas en sus pupilas.
    *Bechat : ciclista taxi
     

    Estado de Transito - Tsunami Roll Blues

     

     

    La carretera serpentea entre junglas que  escaparon a la deforestación organizada por el gobierno. Conduces despacio a través de la fina línea de asfalto envuelta en bosque primario. Para un campesino talar y recoger leña de estos árboles puede suponer un año de cárcel. A pesar de todo se distinguen entre la maleza troncos apilados esperando ser recogidos furtivamente al anochecer.

     

    Ella casi duerme a tu lado, apoyada en la ventanilla del coche. Con los ojos cerrados acorta las distancias que su cara asiática establece siempre entre tu mirada y la suya. Apagas el cigarro, te frotas los ojos. De pronto te gustaría  tener prisa, un plazo  que cumplir, una fecha y un destino de llegada. Te los inventas.

     

     

    El mar se anuncia sutil, muestra señales dulces y saladas que podemos distinguir a kilómetros de distancia. La última sierra termina con un descenso lleno de olores y luces marinas, de rostros ya marcados por el salitre, de redes secando en los patios y de mujeres que miran al cielo adivinando el tiempo de mañana.

    Arriba, entre perfiles de jungla, el cielo dibuja nubes llevadas en vientos de océano, deslizándose por encima de las olas que buscamos.

     

    Entramos en Lamainang al mediodía. En el mercado chicas vestidas de azul y escarlata discuten acaloradamente regateando sobre los precios de frutos silvestres y diversas clases de murciélagos. Los niños corren por la calle arriba y abajo, riendo y jugando con cometas; un anciano delgado, con los pantalones remangados, lanza la red circular en un estanque.

     

    Anima aquí la vida de todos un río claro de montaña que desemboca en los manglares de la playa cerca del puerto de pescadores y que atrae a la gente que sale a dar un paseo sin nada que hacer. Se paran un momento en el puente a contemplar el agua, como le gusta hacer a la gente en todas partes, y luego siguen su camino claramente confortados. Seguimos su ejemplo.

    Debajo se alinean barcos multicolores con formas estilizadas, largos y afilados, mientras sus dueños hacen pequeños arreglos innecesarios, juegan a las cartas mecidos por la suave corriente o charlan con los amigos. Una mujer lleva su pato cogido debajo del brazo en su excursión diaria por las orillas del río.

     

    A la derecha, bordeando las casas de madera en las que la gente disfruta de un te sosegado bajo la sombra de los porches, el camino de tierra nos lleva a la playa exterior. Las olas rompen ordenadas y vacías sobre el arrecife en el extremo derecho y justo en frente de nosotros un kilómetro de arena produce ondas de cristal en esta mañana sin viento.

     

    La lonja del pescado esta aun animada, se venden las ultimas capturas del día. Langostas verdes atadas en cajas de poliespan hacen ruidos extraños, silban y agitan a los siluros del estanque y a las anguilas vivas. Compartimos una sopa con los pescadores y contemplamos la ceremonia de la venta de los frutos del mar, que se repite cada mañana. Hoy abundaron las barracudas, metálicas y feroces aun muertas sobre el suelo del mercado.

     

    Es difícil imaginar este lugar hace tan solo 12 meses, cuando un lunes a las 4 de la tarde y sin aviso previo, tres olas gigantes consecutivas asolaron el litoral barriendo a su paso todo lo que encontraron. Murieron 600 personas.

    Cerca de las palmeras al comienzo de la playa, entre botes nuevos varados en la arena, un excéntrico monumento de hormigón coloreado recuerda esa fecha. Es una columna circular sobre la que se levanta un bote roto en dos pedazos y una ola que lo levanta en vilo. A sus pies una placa describe el desastre con palabras que transmiten aceptación de lo que la naturaleza nos da sin queja alguna. Porque este país, sobre todo esta isla, vive perpetuamente en un ciclo hinduista de nacimiento, protección y destrucción generadora de vida. Brahma el creador, Vishnu el protector, Shiva la destructora, la madre, acunan sus días entre fuego, agua y el mayor deseo de vivir que jamás encontraste.

     

    Este es el país del mundo con más volcanes en actividad, en erupción, y con más terremotos. Sus habitantes están acostumbrados a reconstruir sin detenerse lo que mañana será destruido por poderes que  están más allá de  lo humano. Volcanes, temblores de tierra, inundaciones, tsunamis, forman parte de la cotidianeidad y son algo que no se lamenta sino que se asume como parte del ciclo de la vida. Y se sonríe, más que en ninguna otra parte del planeta.

    Cada volcán es un dios al que las gentes agradecidas por sus tierras fértiles ofrendan flores, gallinas o incluso algún turista en sus cráteres humeantes. También el mar, su diosa caprichosa y hermosísima, Kanjeng Ratu Kidul, es venerada por todos sea cual sea su humor.

    El Islam teóricamente unifico este país  de mas de 12.000 islas y 250 idiomas, pero por encima de la obligación nacional de tener una religión monoteísta en el carnet de identidad, los cultos animistas de cada lugar permanecen absolutamente vivos y están mas cerca de lo natural y de lo humano que cualquier libro de ceremonias y rituales importado de tierras lejanas. Esta religiosidad original representa la conexión inmediata con la naturaleza de estas personas, el credo de los abuelos, el sentido. Algo que los occidentales ya perdimos definitivamente hace cientos de años y cuyo vacío es parte del impulso que nos lleva a peregrinar insatisfechos, mochila al hombro y Lonely Planet en la mano, por el mundo.

    Ni Armani ni Macdonalds, ni Levis ni Billabong, ni un nuevo coche, un caro teléfono o las ultimas noticias pueden mas que distraernos de ese vacío esencial que esta en el fondo de cada uno.

     

    Nuestra sociedad ha primado el entretenimiento y la distracción sobre lo más básico, la naturalidad de lo terrenal y el sencillo misticismo de las pequeñas cosas. Somos huérfanos de la memoria de nuestros antepasados, perdimos el contacto con la herencia de los abuelos primeros y ahora flotamos desorientados sin saber muy bien porque y de que manera comportarnos fuera del mercado global de plástico, luces y asfalto, de tiendas, hipotecas y “sentido común”.

    Aquí, en estas islas, aun permanece viva esa conexión y  nos sorprende a menudo cuando el occidental que espera ver pobres nativos carentes de todo  encuentra gentes equilibradas de mirada franca y temperamento envidiable.

     

    Si un  niño menor de 6 meses muere en el pueblo, por ejemplo, la pareja lo envuelve en telas y lo da al árbol madre, llamado Tarra, haciendo una incisión en el tronco y depositándolo en ella. Se considera que el bebe que aun no tiene dientes no ha adquirido el rango de persona. Se devuelve por ello a la madre árbol que a través de sus raíces mantiene su espíritu, lo alimenta, lo envuelve en su cuerpo de madera y lo eleva con sus ramas hacia un nuevo espacio.

     

    En cada casa, cerca del tronco tallado que esta en el centro de los pilares que la sostienen, el que conecta al edificio con la tierra, se entierran los cordones umbilicales de los nacidos allí, para que su energía este siempre en la fuente sagrada de todas las cosas.

     

     

     

    Cuando un individuo de esta zona muere lejos de su familia, quizás en el mar, y  por ello es imposible celebrar los ritos funerarios con su cuerpo presente, la familia sube a la montaña sagrada, Obenampuang, y con un sarong, un pareo  tubular, anudado en uno de sus lados, recoge el viento que sopla allí arriba. Cerrando el otro lado conservan ese aire y como si fuera la presencia de su familiar, celebran entonces los rituales de despedida para la buena transición al otro mundo del fallecido.

     

    Los ancianos viven cada día mirando al futuro con serenidad, seguros del respeto de su comunidad, dueños del espacio en la casa familiar que sus años de vida les ganaron. Son depositarios de la memoria general, no despojos inútiles y feos que nos recuerdan la muerte que nos asusta y a los que esperamos encontrar hueco pronto en alguna residencia de la “tercera edad”.

     

    Aquí, al igual que el nacimiento, es celebrado también el final de esta vida. Se conmemora públicamente, sin duelo, y las tumbas son visibles cada día pues forman parte del paisaje urbano de los asentamientos.

     

    El tiempo pasa despacio, como una brisa suave y calida; casi sin darnos cuenta entramos al mar con paso tranquilo. El latido del océano resuena rítmico en las olas, nada es apresurado. Alguien pesca entre los árboles encima de una  roca, esa mujer lleva arroz a su casa en canastos de ratan desde las huertas balconadas. Le sigue a tres pasos un perro color canela.

    Escuchamos entre el eco de las olas música Gamelan llegándonos desde tierra. Mágica y distinta, nos seduce a entender sin ver.

    En el agua, entre deslizamientos simples y sin espectadores, saludamos a los barcos que salen a buscar comida del mar, y ellos bracean un adiós sincero desde la estela que se deshace.

    Esto es Indonesia. ¡Selamat datang!

    Estado de Transito - Huellas Anonimas

       

    Estado de Transito - Huellas Anonimas

    (Para Craig Peterson y Kevin Naughton)

    Resulta significativo que durante años los tesoros personales de mi hermano mayor hayan estado dentro de una maleta.  

    Ha vivido en un perpetuo estado de transito que muchos hemos visto con curiosidad desde la seguridad y monotonía de nuestras vidas convencionales o desde la inocente malicia de la juventud.  

    El era esa figura que se alejo con su tabla y una mueca de adiós mezcla de huida y búsqueda que no pudimos entender.

    Siguiendo la corriente de la vida de aquí para allá en una mudanza interminable recorrió todos los continentes conocidos, los océanos de la tierra.

    Se embriagó de aromas y sensaciones destiladas a la manera de cada cual y de cada donde, bailó al son de músicas estridentes o serenas, alimentado por las frutas de cada bandera. 

    Perdido en selvas de verdes imposibles descubrió desiertos introvertidos. Taxistas mitológicos abrieron los barrios secretos de las ciudades para el.

    Y aun en los puntos mas alejados del planeta siempre encontró la oportunidad para contármelo, para enviarnos fotos o algún texto.

    Contaba  mi hermano que charlo con al menos una abuela de cada país,  que consulto su pasado a los oráculos de las montañas y de las costas.  

    Que cumplió todos los ritos, participo en los sacrificios, que fue iniciado, apostata y ateo de cada credo.  

    Y casi sin darme cuenta comencé a hablar en un extraño idioma que surgió de leer sus cartas, sus mails. A soñar despierto. Mezclando palabras  de todos los lenguajes, un dialecto entendido en cualquier parte.

    Acumuló fetiches, decia, abalorios, protecciones y amuletos. Pisó sobre pisado y vio la alegría y la melancolía esfumarse en una humareda de sueños.

    Olas diferentes le contaron las mismas historias. Y partía de nuevo.

    Las despedidas le rompieron mil veces el alma y mil veces despertó lleno de esperanza frente a un nuevo horizonte.

    Se que el  viste cicatrices de heridas con procedencias señaladas en los arrecifes del mapamundi.

    Inmunizado a las fiebres del sur y a las del norte, ya solo el insomnio le acompaña.

    Porque esta vivo.

    -“La soledad es el sello del paseante, la sombra que no podemos abrazar jamás”- escribía en su ultima carta, desde algún país indescifrable en la direccion borrada por el trasiego de manos y el correr del tiempo.

    Buscarle, salir al mundo abierto y sin destino fijo, nunca fue mi propósito. Pero se que el sigue ahí, en alguna parte, quizás ya cerca.

    Y ese es mi impulso  

    Mientras tanto continuo mojándome en aguas que el me ha transmitido, hermanando sonrisas en las olas que el surfeo y perdiéndome en laberintos de luz que se deshacen infinitos.

    A veces unos ojos brillan cuando pregunto por su nombre y señalan lejos con una sonrisa. Otras, quizás en mediodías llenos de aromas nuevos, me enseñan el pozo que ayudo a excavar o me dan cartas de mujeres que aun le recuerdan.

    Se que aun continua en el camino, que algún día nos encontraremos y compartiremos olas al atardecer, sin nada mas que decir.

    Y yo, como el, tampoco pierdo la oportunidad de escribir a mi hermano menor, de contarle lo que me ocurre, lo que siento y descubro.

    Porque la ruta esta abierta, y hay que seguirla.

    Porque para cada uno de nosotros no tiene final, hasta el nuevo principio.

    Porque no existe lejos ni cerca.

    Trek Salama!

    ESTADO DE TRANSITO - ON THE ROAD

     

      1- Un locutor vibra en la radio del Jeep presentando una bachata desde la capital. Con un gesto apartas el mapa desplegado que casi no te dejaba ver la carretera secundaria.

    Llueve a raudales. Pero llegaremos a Samaná, el carro que alquilamos ayer al Tiburón en Puerto Plata aguanta bien.

    Nos reímos abriendo una cerveza y anticipamos con alegría las olas solitarias que encontraremos mas allá de El Encuentro. Nuestra nave surca la noche tropical imparable, bailan los limpiaparabrisas ¡Adelante!

    150 kilómetros de baches, humedad y barro y el 4x4 se detiene. Estamos tirados en medio de la nada, rodeados de oscuridad. Recorreremos la costa norte de la Republica Dominicana, si, pero tendrá que ser andando.

    El diluvio se refleja en los focos de otro camión que tampoco para, que pasa salpicando pegado al arcen, casi rozando nuestro gesto de auxilio. Tienes las gafas de sol rotas y arregladas con cinta inclinadas hacia un lado de la cara. Gotean.

    Pero no hay desgracia que dure cien años, ves, ¡te dije que alguien nos recogería! Aceleramos el paso hacia las luces del carro que se ha parado ahí delante hasta que distinguimos las siluetas de los dos hombres que bajan.

    Eso que se ve en la mano del más alto parece una pistola.

    ¿Policías? ¿Asaltadores? No se que será peor en esta tierra sin ley para dos gringos cargados de tablas, ilusiones y miedo. Mas perdidos que Magallanes en el Cabo de Hornos. Con antelacion rebuscamos en los bolsillos documentos, pasaportes y dinero, encomendándonos al santo Dora.

     

    2- ¡Las cascadas de Ouzoud!

    ¡A quien se le ocurre conducir 500 kilómetros hacia el interior para ver unas cascadas! ¡Y además en la estación seca!

    Cuando preguntamos en la aldea por ellas, un viejo bereber nos miro con sorna y señalo hacia la montaña. Habíamos tardado más de 6 horas turnándonos al volante para hacer los últimos tramos de pista que llevan hasta allí. Miramos ilusionados en la dirección que indicaba y no distinguimos la menor señal de agua en la pared rocosa. Ni una gota. Pateamos las postales que nos prometían un cauce estruendoso y un vergel paradisíaco y salimos de aquel agujero maldiciendo.

    Arreglamos la situación con facilidad, se decidió un cambio de ruta. Prometimos no desviarnos otra vez de la senda del Surf bajo ninguna circunstancia.

    Nuevo destino: Sidi Ifni. ¡Brillante idea! Olas legendarias se rumorean en el espigon de su macro puerto.

    Ya en la ruta rodando y debe ser un año malo, porque los controles abundan; la tensión de esconder lo ilegal y preparar pasaportes y sobornos endurece el trayecto.

    La capa de polvo y arena que nos envuelve hace difícil distinguir la estrecha carretera. El agua de las botellas sabe a oxido, las cintas de Nas el Ghiwane se atascan en el radiocasete.

    Como dijo el camello… ¡Hay mucho desierto!

    Pero al fin la línea del mar en el horizonte nos da la bienvenida, se distinguen olas rompiendo más allá de las colinas, más allá de las barreras del ejército.

    ¿Las barreras del ejército?

    El bigotudo capitán no sonreía cuando nos negó la entrada a la zona del puerto por razones de seguridad. Las figuras que le rodeaban armadas con metralletas tampoco.

    En un castellano excolonial el militar nos despidió con un gesto enérgico señalando al interior: -¡Vayan a conocer las cascadas de Ouzoud, muy bonito allí! ¡Alé!-

     

     

    3- La frontera de Colombia debe de estar cerca ya. Eso si no la hemos atravesado sin darnos cuenta. El paisaje es exactamente igual para mis ojos desde hace horas. Verde profundo en los márgenes del asfalto, jinetes machete al cinto trotando de vez en cuando, pueblos con nombres inverosímiles y de solo 4 casas de madera. Como esperando ver algo que cruce a través de su aislamiento.

    -¡“Sal si puedes”! – Grita Martín, y pensamos que le asalta otro ataque de su intermitente malaria. Pero el cartel que señala nuestro amigo y guía peruano dice exactamente eso. Es el nombre de este asentamiento en medio de la selva del Pacifico.

    Nos encontramos con Martín en Cabo Blanco, su sonrisa y maneras de encantador de serpientes reaparecieron en San Mateo y cuando en Mompiche entre delirios de chicha prometió guiarnos al último paraíso del Surf si le llevábamos en nuestra furgoneta, confiamos en el destino y en nuestra ambición.

    Hace tiempo que sabemos que no tiene papeles, algunos sospechan que en su funda transporta algo más que la tabla, pero es fuente inagotable de historias de fronteras y de olas, un buen compañero de viaje. Y de alguna manera entendemos que a estas alturas dependemos de el. No hay vuelta atrás.

    En la puerta del barracon que en Sal Si Puedes hace las veces de cantina Martín nos pide que le esperemos y entra tranquilo en la tiniebla de humo y hombres en pantalones cortados, botas altas de agua y machetes.

    Cuando dos horas después reunimos el valor de preguntar por él en la barra, una sonrisa de oro responde que hay tres rondas pagadas por el Martinico, que se tuvo que ausentar, que nos da las gracias y nos desea suerte.

    Y que nos deja un papel. Un Mapa.

    Estado de Transito - Sumbawa

    Rishna se inclina sobre la mesa de billar. La minifalda vaquera se tensa, con guantes de cuero recortados en las puntas de los dedos sujeta firme el palo. En dos, tres, cuatro golpes, todas las bolas entran en sus agujeros y el ingeniero holandés empleado en las minas del sureste de Sumbawa parpadea sorprendido admirando a su adversaria.

    Unos días antes de presenciar esto The Three Lost Amigos continuaban su caravana por Indonesia recorriendo kilómetros de precario asfalto, pistas de tierra y ferrys entre isla e isla. Cabalgando sus motillos Honda 100 y acarreando las tablas de Surf. 

    La luna llena ilumina ahora este camino igual a todos y distinto a la vez. Acelero sin sentir las diferencias y la moto responde haciendo carreras con su propia sombra. Fluye determinada entre aromas de plantas nocturnas y brisa fresca.

    Sumbawa se abre desconocida y es el último destino de este giro en redondo. La isla es grande comparada con sus vecinas Lombok y Bali. Casi despoblada, bellísima, sus minas de oro y cobre nos facilitan buenas carreteras durante un tiempo tras desembarcar. Después nuestras motos no encuentran más que pistas y muy de vez en cuando gente.

    Las montañas que bordean la costa crean hermosos acantilados y ensenadas aun no exploradas ideales para el Surf. La costa sur de la isla desde el final del asfalto hasta Lacay Peak tiene más de 300 kilómetros de últimas fronteras, de imaginación y posibilidades. Tenemos que parar y extasiarnos con la belleza serena que nos rodea sin advertencia.

    Esta es tierra de caballos más que de vehículos a motor. Orgullosos jinetes, legendarias monturas que protagonizan las gestas de la tradición oral. Y es antes isla de camiones y motos que de automóviles. También lugar de accidentes espectaculares sin cobertura de prensa o televisión.

    Las sierras altas envuelven valles que en la estación seca mudan el verde lujurioso por un color pardo salpicado de monos cruzando la estrecha carretera. A veces atacan, otras solo miran indiferentes a nuestra caravana o escapan entre la espesura.

    Hacia las olas y ya sin hablar continuamos ruta esquivando el descarrile de un enorme camión, pueblos herméticos en su densidad inesperada, olores agresivos y búfalos suicidas. A cien mil años luz de la realidad prostitutas y técnicos occidentales juegan al billar bajo la luna que ilumina la carretera de una sola dirección y canciones MTV.

    La marea alta dificulta las cosas llegando a Scar Reef, se engullen las ruedas en arena húmeda y nos hacen caer. Descender la colina hasta la playa es toda una odisea solitaria con la mejor recompensa.

    Barcos piratas amenazantes llenos de filibusteros del Surf recorren las costas mientras los pobladores de la isla viven inmunes a su presencia. La sensación de invisibilidad continua mientras nuestros trajes de baño se secan al aire calido del on de roud. Mimetizados entre nubes de polvo arenoso, 100% tópicos free, recibimos la bienvenida de estas gentes sin prejuicios. 

    Aquí el arroz es importado de islas más húmedas, el pollo escaso y el pescado magro y sin especias. Todo es escueto y ajustado a lo necesario. Estrictamente maravilloso.

    Arrecifes en marea baja nos descubren vida extraterrestre: erizos gigantes de mirada tierna, serpientes de mar introvertidas, peces extravagantes y solidarios, texturas desconocidas. Los cofres llenos de oro y esmeraldas reflejan cada mañana la bahía durmiendo entre anemonas y corales. 

    Y sobre la orilla de naufragios y tesoros sumergidos olas orgullosas se estiran y enrollan, analfabetas, sin espejos. Ignorantes de si mismas. 

    Nos cambia la expresión al ver las ondas, no sabemos que gesto escoger para la ocasión y finalmente, sobrepasados por la existencia de la perfección, salimos al mar desnudos y en silencio. Hemos llegado.

    Estado de Transito - Lampiao y Maria Bonita

     
    Un tatuador se inclina sobre el brazo de su cliente en  Barra de Nexpa. Su mano enguantada en látex sujeta el bíceps con firmeza. La maquina chirría con ese ruidito irritante, se detiene a veces; el artista limpia con una gasa la tinta y algo de sangre, continua pisando un pedal en el suelo que comunica corriente eléctrica a las agujas.
    Poco a poco aparece sobre la piel un diseño de Lampiao, el cangaceiro del Sertao, y de su compañera María Bonita. Héroes populares, bandidos legendarios y romanticos que hasta casi la mitad del siglo veinte recorrieron el nordeste brasileño con su banda. Finalmente, en 1938, un ejercito de mercenarios a sueldo contratado por los hacendados y el gobierno les rodeo y asesino sin piedad. Sus cabezas junto con las de sus mas famosos lugartenientes fueron expuestas en la ciudad de Recife para escarmiento del  populacho que los había convertido en héroes. Hay fotos de su vida y de su muerte.
    Ahora, en el milagro sobre la piel, resucitan.
    Lampiao lleva gafas y María Bonita a su lado parece pequeña y vivaz. Es evidente que están enamorados. Sujetan dos perros de caza que posan también para la imagen.
    Apareciendo en un segundo plano respetuosos,  Corisco y otros cangaceiros de la banda sostienen sus fusiles vistiendo los uniformes diseñados por Lampiao. Los sombreros semicirculares inspirados en el napoleónico, adornados con estrellas y soles de metal. Las cartucheras cruzadas en el pecho y los pantalones bombachos embutidos en botas altas  de cuero con remaches.
    El turista que disfruta de la  costa del nordeste brasileño, desde el estado de Salvador de Bahía al de Maranhao, no imagina por lo general la sorpresa geológica que reserva el interior del país. Aquel que se adentra mas  allá de la estrecha franja de vegetación al lado del mar y sale del circuito turístico encuentra una enorme área seca, casi desértica, cruzada por agrestes sierras. El Sertao.
    Es el imperio de la Caatinga, un arbusto espinoso que simboliza el espíritu de esta tierra y de sus gentes.
    Veinte millones de brasileños comparten estos 800.000 kilómetros cuadrados de aridez con 45 especies de serpientes. El humedal, lleno de animales y vida, y  la Amazonia madre surcada por ríos caudalosos, enmarcan este suelo donde no llueve durante años.
    Pobre, heroico y agreste, el Sertao ha desarrollado toda una cultura, desde lo gastronomico a lo musical. Tuvo tradición como refugio de perseguidos y forajidos mucho antes de la época de Lampiao y es probable que la tenga aun hoy.
    Brasil fue el último país en prohibir la esclavitud. Casi  hasta el siglo 20 los portugueses y los criollos brasileños arrancaron de sus casas  a nativos de África y por la fuerza los obligaron a trabajar  aquí. Algunos de ellos se rebelaron.
    En los barracones de esclavos llamados Sensalas, donde familias enteras se hacinaban como ganado y donde nacieron la Capoeira y el Candomblé, germinó la semilla de la rebelión. Esclavos que escapaban siguiendo a caudillos propios, huyendo  hacia su libertad.
    El instinto natural les llevo al Sertao, la zona menos habitada, la mas difícil de recorrer en su búsqueda. Allí se les unieron mujeres y niños y  juntos crearon republicas libres, los Palmares.
    Tres generaciones nacieron entre las cercas de estas ciudades, cultivando y pescando, cazando y vigilando caminos y desfiladeros, batallando contra los ejércitos regulares.
    Organizadas y autónomas, simbolizaron para toda la población esclava una oportunidad de recobrar su dignidad perdida, una tierra prometida, la resistencia posible contra una sumisión forzosa.
    Tras varias expediciones de conquista fracasadas, los gobernantes fueron conscientes del  peligro que representaba la existencia de los Palmares para el estado de cosas que les  favorecía.  Armaron un ejército enorme, cuerpos mercenarios especiales e indios expertos en esos terrenos. Los cercaron uno por uno cortándoles el suministro de agua y alimentos, envenenando los arroyos que les abastecían, incendiando los pocos cultivos que aun quedaban a los sitiados. Asesinaron sin piedad a cualquiera  que intentase escapar, ancianos, mujeres o niños, robándoles la categoría de personas.
    Un jefe sobre los demás encarno a todos los que se rebelaron ante el poder esclavista del sistema. Se llamaba Zumbí de los Palmares y resistió hasta la muerte. Es todavía hoy símbolo de lo negro en Brasil, un país que presume de interracialidad pero donde solo un 4% de los universitarios es afro americano y en cambio el 85% de los habitantes de las cárceles es de color.
    El tatuador termina su trabajo. La memoria del Sertao, de Maria Bonita, de Lampiao y de Zumbi de los Palmares continua viva para todos nosotros.
    A pesar de todo.
     

    Estado de Transito - Guayakill

    Suena bien esa musiquita de reggae viejo que nos puso la Marcela.

    La cosa esta que invita, me tomo otro ron. ¡Que días locos, mai frien! Las gringas osadas se fueron ayer y dejaron buen sabor de boca y bermudas nuevas pa mi pana Jackson y pa un servidor. Prendas. Pues si somos lo que presumimos habrá que lucirlas con orgullo. Mira esta pulserita de la suiza aquella, no la empeñé ni cuando estuvimos con el monkey subido en el Guayas. Esto es plata meidin iurop.

    ¿Y ese ron, Marcelita? Esta rica la arena esta tarde, suenan mejor las olas y baja el licor calientito hasta las mismas almas. Simón. Esta buena la vida esta que nos tocó. Nacidos acá y de ninguna parte, que le vamos a hacer mister, guelcome tu soud América.

    Pasó antes Maradona a cobrar lo de estos días, se pone pesado el man con las cuentas, como vieja de ahorros, pero un día le trincaran y sanseacabó, amiguito. Deso seguro. Porque el chileno está que pasa con la moto día si y día también buscándole el flanco a ese diler y se lo va a encontrar. Yo por si acaso te veo mas tarde en lo suyo y no te gastes la parte, que nos cuelga de las huevas.

    Martinico ya se fue pa su tierra, eso me dijeron. No, no se si va andar mas la frontera con la vaina, esta la cosa muy dura, ñaño. Además se colgó de la cuchara. Y de mi hermano el pequeño ni me hables que le vieron ayer noche entre los turist gritando que si extasi, que si cocain, que si aspirin. Ya le topare yo a ese pendejo y le voy a enseñar a comportarse. Desde que no le agarraron pa lo de la selección de Surf se nos vino encima a lo monstruo.

    Ay Marcelita, que a cada trago estas más linda. Y si, que chucha, el diputado se la culea los wikends,  pero eso no hace a mas de que sea hembra de bandera.

    Anda broder, toma, ponte un pase y vuelve clin isgud, que tu eres de los que les cuelga el moco blanco al salir y van dando luz de dirty harry por el local.

    Esta bueno el reggae, mamazota, se ponga otro ron que hoy el mundo invita a vivir bonito.

    Estado de Transito - Iquitos

    Puede que en los últimos tiempos ellas vayan ganando…no lo se. Cada día repito las rutinas de siempre, afilar y engrasar los filos, caminarme el perímetro sin dejar de saludar a mis amigos y atento a cada avance de esas traviesas malditas. Es que las hay buenas y malas, pero vivas lo son todas, eso si.

    Me gusta mi trabajo, lo hago consciente del valor que tiene para la comunidad. ¡Que seria de Iquitos sin hombres como yo, que seria del desfile de cada mañana, del paseo con las señoritas, de los turistas! Por eso camino con la cabeza bien alta estas calles, soy conocido, ¿sabes?

    Casi me cuesta recordar cuando empezó esta aventura, esta guerra, y  me da miedo imaginar que será de todos cuando no pueda hacer mi labor. Los jóvenes no valoran hoy en día, no señor. Tuve la esperanza de que mi hijo Alfonso continuara mi tarea. Era fuerte y decidido, aprendió rapidito las rutas y los senderos, a medir con precisión los límites convenientes, los de emergencia en época de lluvias. Íbamos juntos cuando no tenia escuela desde que cumplio los 7 años. A el parecía gustarle acompañarme aunque nunca comento nada. Yo me limitaba a describirle en voz alta la tarea y en los últimos días ni eso hacia ya, la verdad. El sabia de sobra casi todo lo que había que saber. Pero era un niño…y eso la Pacha no lo perdona. Se cobro su sueldo, tuvo su ofrenda. Es de ley, no digo que no, pero la picadura de la serpiente es dolorosa y las convulsiones de un niño afiebrado en la noche se marcan en el alma.

    Quien me iba a decir cuando desembarque en aquel muelle embarrado que iba a significar tanto esta ciudad para mi. Yo que nací y crecí en el altiplano, entre vientos frios cargados de polvo muerto y líquenes congelados en las piedras. Tantos años aqui protegiendo a estas gentes hermanas del avance de lianas y arbustos, de la fotosíntesis imparable que devoraría a todos si no la detuviera cada día. Pero estoy cansado. Miro al mundo e intento verle la cara buena, desde siempre. Te juro que lo hago, querida. Sin excusas; era difícil aguantar este horror. Acabe viendo la belleza triste de las cosas feas. Y no es que sea un consuelo muy grande

    Sin embargo en casa, rodeado de las fotos que poco a poco se come la humedad, puedo encontrar hoy impulso para continuar. Esta en el pitido de la vieja cafetera, en los chillidos alocados de la televisión, en las páginas del calendario, en el rayo de luz que se cuela por las ventanas antes de que no se distingan rayos de truenos en el atardecer.

    Y así desde aquella mañana mis manos callosas ya ni sienten dolores al agarrar el machete. 

    No tenia nada en la cabeza al caminar los lindes húmedos del rio, acercándome al sendero de Tarapoto. Miraba sin ver, como casi siempre, el verde rizado de la cabellera de la tierra. Sonaba la selva como todos los días.

    Y ella apareció en un recodo, o siempre estuvo, no lo se. Es alta, morena. Sus cabellos caen suavemente ondulados sobre los hombros blancos. Su pecho es ancho, fuerte, denuncia un esqueleto poderoso, caderas tierra y labios cielo. Sus ojos me miraron un segundo y me traspaso una emoción, algo. No me preguntes, pero mi vida cambio en ese momento. Volví a nacer o desperté, había llegado.

    En la línea de su cuerpo vi el sentido, me anide en el brillo de su sonrisa , en su piel me desterré sin quererlo, en el sonido de su voz y en su aroma llore como un afeminado, como un hijo, como un volcán que escupe deseo, como una mitad que encuentra complemento.

    Ya no duermo apenas. Anticipo solo nuestro próximo encuentro. Sudo las noches agitado y no es de fiebre. O puede que si. Nadie lo sabe más que tu, que me lees ahora.

    A veces pienso en lo que dejo atrás pero solo por unos instantes. Además la canoa ya esta preparada. Mañana de mañana nos vamos para dentro, me llevo el rifle nuevo. Cuando me echen de menos, cuando vean el verde bajo sus pies en la plaza de armas, avisa  a todos de que  El Lindero se ha ido para siempre.

    Estado de Transito - Dos

    -Hola, soy yo, C. ¿Me abres?-  

    -Si, sube- contesto B.

    Crujían los escalones, el sudor de las paredes se leía en manchas redondas como tartas pasadas de horno. C. subió despacio. Afuera debía de ser sábado. Sentir cada paso, tomar aire, pensar en si esta cita es o no es una equivocación.

    Arriba  B. espera ya. Candados y relojes, llaves enormes de hierro forjado. Sobre la chimenea libros. La alfombra llena de pelos de perro. Espacio para la luz que entra por la ventana y baña los retratos de la pared. Los invento el, son apariciones en sueños de ojos abiertos.

    Veamos, un último repaso a todo: La colección de hojas secas y la de mariposas estan dentro de los cajones de la mesa; solo se enseñan a visitas VIP. Botellas vacías alineadas contra la cama y ceniceros llenos. Fotos de playas sin enmarcar y la tabla de Surf  guardada tras la puerta.

    C. siente ahora que quizás esten apresurandose, todo ha ido tan rápido. Se conocieron hace un mes por Internet y ella le prometió ir a verle antes de que se fuera a México. Hasta el mismo momento en que fijaron un día y una hora era una buena idea. Entender el mundo es algo tan sencillo. Esa famosa empatia.

    Esta frente al timbre, su mano se ha detenido en el aire antes de tocarlo, hay remolinos de emoción ciega, lloran vientos.

    La puerta se abre sola. Y nadie podría separar el abrazo de destinos que, a pesar de todo, ES.

    Estado de Transito - Last notes from Sylvia

    -"Hay que morir deprisa pero tarde"- Anónimo.

    10 0ctubre 2006

    ¡Kuala Lumpur me encanta! Al principio me pareció horrible tener que salir de Indonesia, dejar a todas mis amigas y volar sola a  Malasia para renovar el visado. Me canse de enviar mails quejándome a la agencia en Seattle pero todo fue inútil. Esta es la única opción que me dieron. Por supuesto ellos pagan los gastos del vuelo y el hotel, es su responsabilidad haber gestionado un visado de solo un mes cuando contrate vacaciones para dos. Además serán tres días nada mas y podré volver a Yakarta.

    La primera impresión que me causo la ciudad al aterrizar fue de prosperidad moderna, de caos y de mezcla. Algo similar a los States pero con ingredientes distintos. Por todas partes hindúes, musulmanes ortodoxos y asiáticos en vez de los afros, los chicanos y los blancos de nuestro país. Tenía la ligera aprensión de que siendo mujer, americana y además viajando sola las cosas podrían ponerse desagradables, pero todo fueron sonrisas desde el mismo taxi que me llevo a Chinatown.

    Mi hotel esta en el centro de este  barrio tan típico, entre antiguos almacenes coloniales ingleses, enormes rascacielos y templos de todos los credos. Es un edificio alto, de más de 15 plantas y desde las ventanas de mi habitación tengo una vista esplendida de la zona. Saque fotos en todas direcciones que mandare a Rose y Amanda en cuanto encuentre un buen cyber.

    Por la calle los puestos de flores y las humaredas de los restaurantes ambulantes se mezclan con el sonido del tráfico y con los  peatones que abarrotan calles y callejones. Hay bullicio y animación, nadie parece fijarse demasiado en los demás y abundan los mochileros de todas las nacionalidades. Encontré a un grupo de compatriotas de Oregon muy simpáticos, recién llegados de Tailandia. Cenamos juntos en un bar con decoración rasta, música nuestra y buenas mesas de billar. Fue divertido.

    Cuando regrese al hotel me sucedió algo curioso. No me había fijado hasta entonces pero en el ascensor hay una planta entre el piso dos y el tres que no tiene número sino una letra, se llama M. Un hombre de negocios japonés pulso ese botón y se bajo en ella. Por lo que pude ver a través de las puertas parece un piso como otro cualquiera. ¡Estos extranjeros! Tengo muchas ganas de volver a la residencia y ver