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AlvaroEstado d transito - Nikar aguaen el pais en q aun ondean banderas.
barroso y fertil, arbolado.
fronterizado.
perdidito.
mas solo q la una, sin petroleo conocido.
ahora mismo, aburrido.
mareado, cansado de hacer de bna gente callada.
nikaragua paraiso natural del tropiko planetario.
gracias Estado de Transito - From Bali High to sinking VeneziaDulce, untuosa, la atmosfera de esta isla me esta matando de placer, belleza y contradicciones crueles.
Hoy mas que nunca las palabras que escribo aqui constituyen un diario.
No corrijo, dejo a mis dedos fluir torpemente pero sin pausa sobre el teclado en este momento. Solo me detengo para beber otro trago de la cerveza tibia que me acompanya.
Desde el corazon de las tinieblas, de mis propias tinieblas, encarno esta manyana en Bali la paradoja general y tambien la particular.
Mi nombre es Marcello. Mi ciudad se hunde, al otro lado de nuestro planeta.
Ni siquiera abri antes las noticias de Venezia, de mi hogar, que leia cada dia. Estoy desconectandome a proposito y ellas dos han sido las primeras victimas de mi mismo. El hundimento, creo, es inevitable.
Se marcharon, mi mujer airada, con nuestra hija en brazos. Posiblemente regresaron al pueblo de sus padres, en el norte de la isla. Lo desconozco.
No es esta una nota de despedida, al menos no intencionadamente. Solo el buceo de un diletante en las melancolias del viaje. Una descarga necesaria, un monologo esteril.
Contemplo, embriagado casi siempre, el discurrir de las rutas, el hormigueo ciego de estas personas. Tambien la pesada ironia y la paciencia de los locales, resignados a una postura mezcla de reserva y servilismo.
No hay casi nada honorable en esto, ni siquiera en mi conciencia de todo ello.
Un sacrificio ritual de mi alma aqui seria inutil, pasaria desapercibido e incomprendido. Representaria por encima de todo un imperdonable acto de vanidad.
Pero sufro, algo en mi se ofende profundamente y al mismo tiempo se deleita, siento tristeza, me confunde el sopor afilado de estos dias.
Escucho el sonido del agua en una fuente, las carpas se mueven eternamente en orbitas aleatorias, ajenas a todo, puede que sagradas . Su mensaje, su testimonio esclarecedor, escapa a nuestra percepcion. Hemos perdido los codigos de ese lenguaje hace siglos. Quizas nunca los poseimos.
Se que el Samsara va hacia alli. Yo, por mi parte, bebo otro trago de la cerveza local y respiro el humo de mi cigarro.
Y aun asi, milagrosamente, cada manyana se renueva el milagro de la vida.
La madre que dispone las ofrendas en los templos de mi casa camina sosteniendo la bandeja llena de flores y frutas, humeante de inciensos. Dos australianos pasan en moto por la carretera, veloces y semidesnudos, intoxicados. Gritan.
El calor, la luz, el ritmo del tiempo, son diferentes, de un misticismo corrupto, crudo, muy del siglo 21.
La esclerosis de las corrientes de energia opuestas que se mezclan aqui. La muerte, la vida, otra vez la muerte.
La ligereza, el spleen, la naturalidad atemporal de los preceptos basicos de la vida, la sofisticacion sencilla.
El sudor, el brillo de pieles embadurnadas en crema bronceadora, las palmeras reflejandose languidas en la piscina.
El alcohol bendito, la soledad, y tambien tu ausencia.
Paciencia, Tolerancia y Comprension, segun Budha, son las tres mayores virtudes que una persona puede adquirir y cultivar a traves de su vida.
Hasta pronto, siempre, y gracias
Bali, 27 spt. 2008
Etado de Transito - Solo ContandoHoy el viento inclina las ramas de los arboles.
Las mece como si fuesen algas.
Brama y transforma el ambiente en algo casi submarino.
la luz parece filtrada en agua salada y acaricia con dedos liquidos las primeras flores.
Los perros de la vecindad se recojen, se abrazan en una bola de pelo y ojos entrecerrados.
Los pajaros estan en huelga.
Con todo el anhelo romantico de sentir en la naturaleza un espejo de mi alma, puede que solo con un temperamento atmosferico, camino unos pasos para que me abrace el aire.
¿Pues que le queda al poeta sino buscar donde otros pasan de largo?
Estado de transto - Makassar Makassar endulza el transito del guia con caricias de niña sabia. Con la clase de mil generaciones abiertas al mar y conscientes de si mismas.
En atardeceres que miman las calles, que confortan al bechat* protejiendolo de la desesperacion. Porque esta ciudad extrema esta bendecida con la falta de ansiedad y con la fe en la vida.
Se siente en las risas de patio, en el caos armonisoso del trafico, en el ritmo vital de sus habitantes.
Peligrosa ciudad maquillada de camino. Infierno del paseante, tentacion sedentaria.
Sabia ramera amable y de buena salud, recien despertada a cada nuevo dia y que estalla en carcajadas al ver nuestro desconcierto inocente de viejo joven.
Una cuchillada triste se agazapa quizas en la cancion que sale de un portal; un empujon sorpresa hacia donde no suponiamos ir esta en la sonrisa de un niño.
En el brillo de los ojos de una muchacha cualquiera ofrece Makassar misterios de siglos pasados y futuros.
Aqui se templan las pasiones sin perder nada de su profundidad.
Tocada de lo asiatico, de lo polinesio y sobre todo de lo portuario, esta Tanger casada con Guayakil tiene los ojos rasgados y la piel suave de la cabeza a los pies.
El dia pasa como un tramite para esas noches, la noche es madre de sus atardeceres.
Embriagadas en ella, borrachas de una especie de Makasaridad, las almas pululan.
Discreta concubina, la ciudad nos ofrece la mano timidamente bajo la mesa mientras un destello carnivoro de perpetuacion de la vida refleja las bombillas en sus pupilas.
*Bechat : ciclista taxi
Estado de Transito - Tsunami Roll Blues
La carretera serpentea entre junglas que escaparon a la deforestación organizada por el gobierno. Conduces despacio a través de la fina línea de asfalto envuelta en bosque primario. Para un campesino talar y recoger leña de estos árboles puede suponer un año de cárcel. A pesar de todo se distinguen entre la maleza troncos apilados esperando ser recogidos furtivamente al anochecer.
Ella casi duerme a tu lado, apoyada en la ventanilla del coche. Con los ojos cerrados acorta las distancias que su cara asiática establece siempre entre tu mirada y la suya. Apagas el cigarro, te frotas los ojos. De pronto te gustaría tener prisa, un plazo que cumplir, una fecha y un destino de llegada. Te los inventas.
El mar se anuncia sutil, muestra señales dulces y saladas que podemos distinguir a kilómetros de distancia. La última sierra termina con un descenso lleno de olores y luces marinas, de rostros ya marcados por el salitre, de redes secando en los patios y de mujeres que miran al cielo adivinando el tiempo de mañana. Arriba, entre perfiles de jungla, el cielo dibuja nubes llevadas en vientos de océano, deslizándose por encima de las olas que buscamos.
Entramos en Lamainang al mediodía. En el mercado chicas vestidas de azul y escarlata discuten acaloradamente regateando sobre los precios de frutos silvestres y diversas clases de murciélagos. Los niños corren por la calle arriba y abajo, riendo y jugando con cometas; un anciano delgado, con los pantalones remangados, lanza la red circular en un estanque.
Anima aquí la vida de todos un río claro de montaña que desemboca en los manglares de la playa cerca del puerto de pescadores y que atrae a la gente que sale a dar un paseo sin nada que hacer. Se paran un momento en el puente a contemplar el agua, como le gusta hacer a la gente en todas partes, y luego siguen su camino claramente confortados. Seguimos su ejemplo. Debajo se alinean barcos multicolores con formas estilizadas, largos y afilados, mientras sus dueños hacen pequeños arreglos innecesarios, juegan a las cartas mecidos por la suave corriente o charlan con los amigos. Una mujer lleva su pato cogido debajo del brazo en su excursión diaria por las orillas del río.
A la derecha, bordeando las casas de madera en las que la gente disfruta de un te sosegado bajo la sombra de los porches, el camino de tierra nos lleva a la playa exterior. Las olas rompen ordenadas y vacías sobre el arrecife en el extremo derecho y justo en frente de nosotros un kilómetro de arena produce ondas de cristal en esta mañana sin viento.
La lonja del pescado esta aun animada, se venden las ultimas capturas del día. Langostas verdes atadas en cajas de poliespan hacen ruidos extraños, silban y agitan a los siluros del estanque y a las anguilas vivas. Compartimos una sopa con los pescadores y contemplamos la ceremonia de la venta de los frutos del mar, que se repite cada mañana. Hoy abundaron las barracudas, metálicas y feroces aun muertas sobre el suelo del mercado.
Es difícil imaginar este lugar hace tan solo 12 meses, cuando un lunes a las 4 de la tarde y sin aviso previo, tres olas gigantes consecutivas asolaron el litoral barriendo a su paso todo lo que encontraron. Murieron 600 personas. Cerca de las palmeras al comienzo de la playa, entre botes nuevos varados en la arena, un excéntrico monumento de hormigón coloreado recuerda esa fecha. Es una columna circular sobre la que se levanta un bote roto en dos pedazos y una ola que lo levanta en vilo. A sus pies una placa describe el desastre con palabras que transmiten aceptación de lo que la naturaleza nos da sin queja alguna. Porque este país, sobre todo esta isla, vive perpetuamente en un ciclo hinduista de nacimiento, protección y destrucción generadora de vida. Brahma el creador, Vishnu el protector, Shiva la destructora, la madre, acunan sus días entre fuego, agua y el mayor deseo de vivir que jamás encontraste.
Este es el país del mundo con más volcanes en actividad, en erupción, y con más terremotos. Sus habitantes están acostumbrados a reconstruir sin detenerse lo que mañana será destruido por poderes que están más allá de lo humano. Volcanes, temblores de tierra, inundaciones, tsunamis, forman parte de la cotidianeidad y son algo que no se lamenta sino que se asume como parte del ciclo de la vida. Y se sonríe, más que en ninguna otra parte del planeta. Cada volcán es un dios al que las gentes agradecidas por sus tierras fértiles ofrendan flores, gallinas o incluso algún turista en sus cráteres humeantes. También el mar, su diosa caprichosa y hermosísima, Kanjeng Ratu Kidul, es venerada por todos sea cual sea su humor. El Islam teóricamente unifico este país de mas de 12.000 islas y 250 idiomas, pero por encima de la obligación nacional de tener una religión monoteísta en el carnet de identidad, los cultos animistas de cada lugar permanecen absolutamente vivos y están mas cerca de lo natural y de lo humano que cualquier libro de ceremonias y rituales importado de tierras lejanas. Esta religiosidad original representa la conexión inmediata con la naturaleza de estas personas, el credo de los abuelos, el sentido. Algo que los occidentales ya perdimos definitivamente hace cientos de años y cuyo vacío es parte del impulso que nos lleva a peregrinar insatisfechos, mochila al hombro y Lonely Planet en la mano, por el mundo. Ni Armani ni Macdonalds, ni Levis ni Billabong, ni un nuevo coche, un caro teléfono o las ultimas noticias pueden mas que distraernos de ese vacío esencial que esta en el fondo de cada uno.
Nuestra sociedad ha primado el entretenimiento y la distracción sobre lo más básico, la naturalidad de lo terrenal y el sencillo misticismo de las pequeñas cosas. Somos huérfanos de la memoria de nuestros antepasados, perdimos el contacto con la herencia de los abuelos primeros y ahora flotamos desorientados sin saber muy bien porque y de que manera comportarnos fuera del mercado global de plástico, luces y asfalto, de tiendas, hipotecas y “sentido común”. Aquí, en estas islas, aun permanece viva esa conexión y nos sorprende a menudo cuando el occidental que espera ver pobres nativos carentes de todo encuentra gentes equilibradas de mirada franca y temperamento envidiable.
Si un niño menor de 6 meses muere en el pueblo, por ejemplo, la pareja lo envuelve en telas y lo da al árbol madre, llamado Tarra, haciendo una incisión en el tronco y depositándolo en ella. Se considera que el bebe que aun no tiene dientes no ha adquirido el rango de persona. Se devuelve por ello a la madre árbol que a través de sus raíces mantiene su espíritu, lo alimenta, lo envuelve en su cuerpo de madera y lo eleva con sus ramas hacia un nuevo espacio.
En cada casa, cerca del tronco tallado que esta en el centro de los pilares que la sostienen, el que conecta al edificio con la tierra, se entierran los cordones umbilicales de los nacidos allí, para que su energía este siempre en la fuente sagrada de todas las cosas.
Cuando un individuo de esta zona muere lejos de su familia, quizás en el mar, y por ello es imposible celebrar los ritos funerarios con su cuerpo presente, la familia sube a la montaña sagrada, Obenampuang, y con un sarong, un pareo tubular, anudado en uno de sus lados, recoge el viento que sopla allí arriba. Cerrando el otro lado conservan ese aire y como si fuera la presencia de su familiar, celebran entonces los rituales de despedida para la buena transición al otro mundo del fallecido.
Los ancianos viven cada día mirando al futuro con serenidad, seguros del respeto de su comunidad, dueños del espacio en la casa familiar que sus años de vida les ganaron. Son depositarios de la memoria general, no despojos inútiles y feos que nos recuerdan la muerte que nos asusta y a los que esperamos encontrar hueco pronto en alguna residencia de la “tercera edad”.
Aquí, al igual que el nacimiento, es celebrado también el final de esta vida. Se conmemora públicamente, sin duelo, y las tumbas son visibles cada día pues forman parte del paisaje urbano de los asentamientos.
El tiempo pasa despacio, como una brisa suave y calida; casi sin darnos cuenta entramos al mar con paso tranquilo. El latido del océano resuena rítmico en las olas, nada es apresurado. Alguien pesca entre los árboles encima de una roca, esa mujer lleva arroz a su casa en canastos de ratan desde las huertas balconadas. Le sigue a tres pasos un perro color canela. Escuchamos entre el eco de las olas música Gamelan llegándonos desde tierra. Mágica y distinta, nos seduce a entender sin ver. En el agua, entre deslizamientos simples y sin espectadores, saludamos a los barcos que salen a buscar comida del mar, y ellos bracean un adiós sincero desde la estela que se deshace. Esto es Indonesia. ¡Selamat datang!
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